Parte 9 – Las alambradas

 Parte 9 – Las alambradas

Todos los campos nazis de exterminio estaban provistos, si no en su conjunto, de tramos de alambradas electrificadas para disuadir a los internados de cualquier tentativa de evasion y para su mas diabólico provecho, facilitar un medio para que cualquier desesperado recurriese a ellas, librándose así de las constantes torturas a las que estaba sometido.

Compuestas de doble fila de espinosos alambres, separadas un metro una de otra y con tres metros de altura, las convertian en insalvables.

Durante las noches los potentísimos faros instalados, su desbordante iluminación, hacía que la totalidad del inmenso campo diese la impresión idéntica a un día de esplendoroso sol. No quedaba el más recóndito lugar fuera del control de las torretas de vigilancia.

La premiosidad de cerrar todo el campo ante los constantes y masivos convoyes que pasaban a engrosar el numeroso colectivo de Mauthausen, obligó a montar parcelas electrificadas pese a que la Strafkompanie forzaba la subida de bloques destinados a la construcción del mismo. Debido a ello, la cara norte culminó su cerrado de esta manera, instalando además, sus miradores a menor distancia entre sí que los restantes del campo.

Se sabía que la potencia del voltaje era variable según circunstancias, siempre al albedrío del capitán Bachmayer. Contemplar en pleno día a quienes se lanzaban a las alambradas o eran empujados era un motivo más de diversión, regulando la corriente para mejor apreciar las convulsiones, el sufrimiento y la lenta agonía del desgraciado cuadro macabro que provocaba las risotadas de los contemplantes nazis. Durante la noche se aplicaba la máxima potencia haciendo que la electrocución fuese fulminante.

Los ocupantes del blok número 5, el más cercano a las alambradas, eran, a la vez que testigos, las más frecuentes víctimas de estas matanzas.

Judíos en su mayoría, llegados a Mauthausen eran destinados al fatídico bloque. Su eliminación sistemática estaba programada. Los ejecutores de la «obra», los despiadados kapos eran tanto más valorados cuanto mayor fuese su crueldad. Los infelices, molidos a varetazos, ciegos por los golpes que recibían, ensangrentados, eran conducidos frente a las alambradas donde todo era cuestión de un simple empujón o darles ocasión, en su desespero de terminar con su tortura.

No sólo fueron los judíos, jóvenes o viejos los protagonistas de estas escenas. Muchos de nuestros compatriotas, aparte el contacto provocado, optaron por la etapa final; tomar el camino conducente a su «liberación» definitiva, convertirse en ceniza.

Recorrer durante las madrugadas el cercado de alambre espino, descolgar a las víctimas, correspondía a un kommando especial, el Sonderkommando dedicado exclusivamente a tan macabro trabajo. El acarreo hasta los dos grandes hornos crematorios en ininterrumpida función en el campo era el epílogo de un ser inocente.

Victorino Sospedra Lluch, hermano de Consuelo, la que sería más tarde esposa de nuestro hermano mayor, Agustín, murió electrocutado en Gusen y a ello voy a referirme usando los datos facilitados por su hermano Agustín, el menor de la dinastía.

Victorino, oficial del ejercito republicano, al igual que su hermano Juan José, éste teniente de municionamiento, fueron el tributo de la familia Sospedra Lluch en defensa de la libertad y la democracia.

Juan José, joven culto y preparado, oficial integrado en la 116 Brigada Mixta de la 25 División del ejército leal, falleció en el hospital de Valencia el 2 de agosto de 1938 según certificado adjunto, a consecuencia de las heridas sufridas en servicio. No se especifican las causas, pero se sabe que fue debido a la explosión de un camión repleto de municiones que causó una masacre entre quienes se encontraban en su entorno.

A la primera víctima de la familia muy querida y vinculada a los Batiste Baila, siguió la de Victorino en el terrorífico campo de Gusen, lugar de exterminio de vinarocenses que mencionaré más adelante.

Victorino Sospedra, al que también alude la malograda y admirada escritora y periodista Montserrat Roig en una de sus obras, ingresa, según la Cruz Roja Internacional, en Mauthausen el día 24 de agosto de 1940 con el triángulo azul número 3.892 de los Roten Spanier pocos meses antes que yo a quien se me asigna el 4.124 siendo transferido al mortífero Gusen, tumba de la mayoría de los españoles que entraban allí procedentes de Mauthausen.

Su padre, Bautista Sospedra, jamás aceptó la posibilidad de un suicidio, definición dada por los nazis a todo cuerpo ennegrecido descolgado de las alambradas. Según él, su hijo era uno de los hombres más íntegros, valerosos y de una moral de hierro demostrada repetidamente durante los combates en los que participó en suelo hispano, superando todas las contrariedades por duras que fuesen.

Bautista, hasta su fallecimiento a los 99 años, jamás tuvo la menor duda de que su segundo hijo fue lanzado a los alambres espinosos electrificados por manos asesinas avezadas en tales acciones, durante la noche del 31 de diciembre de 1941.

Las víctimas de la parafernalia nazi, los 6.502 compatriotas en Mauthausen y Gusen no se dieron a conocer hasta después de la liberación. El gobierno franquista, amigo declarado del nacionalsocialismo se desentendió totalmente del holocausto de sus considerados enemigos y de sus supervivientes apátridas. Fue la propia Cruz Roja Internacional con sede en Ginebra, quien tras exhaustivas pesquisas, informaba del deceso de cada caso y, nosotros mismos, valiéndonos de la información, importantísima documentación conseguida en las oficinas del campo, entre ellas unas incompletas listas de nuestros camaradas asesinados. A finales de mayo de 1945, repatriados a Francia, esta importante documentación fue archivada no sin antes hacerse pública a través de un periódico editado en Toulouse por la colonia española rescatada.

Inmaculada Montes

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Enamorada de Málaga. Periodista por la Universidad de Málaga. Redactora digital para diferentes medios y revistas. Me encanta el arte, la cultura y el cine. Escribo sobre actualidad y noticias de último hora. Te mantenemos al día.

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