Parte 8 – Llegada de los prisioneros soviéticos

 Parte 8 – Llegada de los prisioneros soviéticos

Ignorábamos que prontamente se iba a desarrollar una acción bélica, la más grandiosa en los anales de la guerra que, además de agravar nuestras penalidades, iba a cambiar el curso de la gran contienda.

El día 22 de junio de 1941 Hitler ordena la ocupación de la Polonia en manos de la U. R. S. S. y la invasión del conj unto de repúblicas que forman la nación más extensa del mundo.

El sorpresivo ataque que pernútió a la Wehrmacht visionar las cúpulas del Kremlin fue un error histórico del visionario Führer que no tuvo en cuenta la invasión realizada por el ejército napoleónico en 1812.

Primer eslabón del posterior declive de los alemanes, la operación que no contó con la unanimidad de los mariscales, hizo que tras el arrollo de las mal preparadas divisiones soviéticas, los centenares de miles de prisioneros de guerra, considerados como infrahumanos, arribasen a los campos instalados en los países ocupados, en la propia Alemania y naciones anexionadas, desde la frontera ruso-polaca hasta Mauthausen, puntos extremos de la parafernalia concentracionaria.

Al nuestro le cupo recibir contingentes que iban engrosando la ya abultada «población» y que afectaron, en gran manera, a las condiciones de vida establecidas en el mismo.

Precisar la cuantía exacta de los integrantes de cada convoy entrado es poco menos que imposible. Sin embargo, sí me permitiré glosar el número de inmolados, junto al de otras nacionalidades que, pese a ser extracto de los archivos del campo no reflejen, con toda seguridad, su exterminación sistemática hasta la liberación.

El trastoque general de la ya paupérrima situación imperante, fue evidente y en sentido negativo. El abastecimiento se hizo más escaso, pero el fundamental problema fue el alojamiento.

Receptados a miles, la cúpula nazi se vio obligada a construir un nuevo campo, el Russen Lager adosado al nuestro, lo que nos permitía, a través de las alambradas electrificadas, visionar horribles escenas que serían inimaginables para quienes no fuesen conocedores del horrendo sistema nazi, lo que nosotros, testigos presenciales considerábamos «el pan nuestro de cada día» y en el que el precio don que es ser humanos brillaba por su ausencia.

El reducido espacio de las barracas que, pese al destino final a que estaban condenados los desgraciados, imponía respeto hasta a los propios SS. que no se atrevían a entrar por temor a contraer cualquieri enfermedad contagiosa.

Los camastros, rústicas literas de unos ochenta centímetros de ancho amontonaban hasta cinco esqueléticos cuerpos de lo que antes habían sido hombres. El hambre, problema congénito en todo deportado, alcanzó su cenit en el campo ruso.

Los prisioneros de los frentes del Este repartidos por todos los campos hacian el recorrido a pie soportando toda clase de inclemencias meteorológicas. Llegar desde el inmenso país hasta Mauthausen, el campo más alejado de su patria, medio desnudos, desnutridos, maltratados, siempre en formación, batidos por el sol o en sentido contrario, caminando sobre la nieve o bajo intensas lluvias, hacía que a su llegada, su deplorable estado despertase en nosotros, acostumbrados a escenas horribles, una gran compasión unida al deseo de que su sufrimiento acabase cuanto antes.

Sin apenas proporcionarles lo justo para vivir, la mortandad, día a día, era enorme y los actos de antropofagia frecuentes y ante la vista de quienes los tenian a su alcance.

Los muertos que se ~roducían en los barracones se ocultaban cuanto se podían para conseguir la misérrima ración de los camaradas fallecidos, objetivo facilitado al no ser supervisados por los guardianes. Tal situación se mantenía hasta verse forzados a lanzar por las ventanas los cuerpos en fase de descomposicion.

Los nazis, maestros en aplicar fórmulas definitivas de extinción deseosos de apresurar la desaparición de los últimos integrantes del campo, pusieron en marcha un nuevo sistema, desconocido hasta entonces, económico y efectivo al cien por cien.

Los prisioneros, totalmente desnudos, hacinados en una explanada, eran rociados con mangueras de agua templada bajo temperaturas gélidas.

El efecto era demoledor. Al despuntar el día aparecía a la vista un cuadro dantesco; lo que antes eran personas se habían convertido en puros bloques de hielo. Consumada la masiva obra exterminadora, varios grupos de internados se dedicaban a despegarlos del helado suelo y transportarlos a los hornos crematorios que funcionaban al máximo.

Durante las noches en las que se realizaba la operación descrita, desde nuestros barracones se escuchaban ráfagas intermitent además de disparos de pistola.

Supimos después que se trataba de fusilamientos y que el último concepto formaba parte de la diversión de los Totenkopf, los señores de la calavera que, borrachos vaciaban cargadores enteros sobre la cabeza de los condenados, sin saber que de esta forma les libraban del largo sufrimiento de la congelación.

En todos los campos de exterminio se erigieron monumentos para perpetuar la memoria de los inmolados de cada nacionalidad. Cualquier visitante que acuda a Mauthausen, bien en peregrinaje al tener allí un ser querido asesinado o por comprobar vestigios de la barbarie hitleriana, podrá ver los que cada nación ha dedicado a sus hijos que no retornaron a la patria y, en la entrada principal un busto congelado que representa al general soviético Karvichew, una de las víctimas del Russen Lager.

A los prisioneros de la U.R.S.S. previa a la incineración, exactamente como a los demás, se les arrancaban las piezas de oro de sus dentaduras que aportaban grandes beneficios a las arcas germanas.

Invertido ya el curso de la guerra, además de los prisioneros militares, afluían a Mauthausen miles de deportados de Auschwitz Birkenau en Polonia, Saclisenhausen y Ravensbruck cerca de Berlín, evacuados por los nazis ante el incontenible avance de los blindados e infantería soviéticos a partir de la derrota en Stalingrado del VI ejército del general Friedrich Paulus.

Con ello aumentaría el caos congénito del gran campo y la gran producción de cenizas pese a no estar construido el tercer horno todavía. Los de nuestro campo contribuyeron en gran manera a borrar de la faz de la tierra a millones de seres inocentes cuyo único pecado era su amor a la libertad y la defensa de sus ideales.

En Mauthausen y Gusen, nacionalidades y números de víctimas se fundamentan en listas sacadas de los archivos del campo, pero sus 122.767 consignadas están lejos de la realidad puesto que los inmolados superaron los 180.000.

Se mataba a mansalva y llevar un censo exacto era cosa secundaria. Lo realmente importante era terminar cuanto antes el proyecto germinado en la mente del Führer y sus acólitos; de ahí la dificultad de precisar sin error cuantos pasaron por los hornos, fueron a parar a las zanjas de cal viva o a ser sepultados en fosas comunes.

La relación conseguida es la siguiente:

Soviéticos32.180
Polacos30.203
Húngaros12.923
Yugoslavos12.890
Franceses8.203
Españoles6.502
Italianos5.750
Checoslovacos4.473
Griegos3.700
Alemanes1.500
Belgas742
Austríacos235
Holandeses77
Americanos34
Luxemburgueses19
Británicos17
Diversas
Nacionalidades
3.319
Total :122.767

En esta lista están incluidos los componentes de un grupo cuya llegada presenciamos un día del mes de agosto de 1944.

Alemania sufría por entonces continuas incursiones aéreas. Aviones ingleses y en mayor proporción los cuatrimotores B-29, las famosas superfortalezas volantes norteamericanas, unos durante la noche y otros en fase diurna estaban arrasando las grandes ciudades germanas como Hamburgo, Colonia, Bremen, Dresde, entre otras muchas, datos que ignorábamos, pero que presentíamos a juzgar por las masas de aviones que veíamos pasar a la luz rugir de sus motores ya anochecido.

Durante uno de los raids sobre la región del Tirol fueron abatidos algunos aviones aliados y sus tripulantes, forzados a lanzarse en paracaídas, fueron detenidos por policías y conducidos al gran campo cuando lo establecido por la Convención de Ginebra era que, todo prisionero de guerra uniformado debía ser internado en un Stalag, tal como nos sucedió a los españoles atrapados en la línea Maginot vestidos con antiquísimas ropas del ejército francés, hasta nuestro definitivo destino a Mauthausen.

Condenados a la Strafkompanie, unidad de castigo, su única misión consistía en subir desde la cantera los bloques de granito precisos para la infraestructura del campo.

El tiempo de permanencia en ella podía ser temporal por los días de pena o definitivo, siempre mediatizado por el agotamiento físico que se alcanzaba a corto plazo, ya que subir seis, ocho o más veces consecutivas los 186 escalones que unían cantera y campo con un bloque sobre las espaldas mayor de lo normal, según capricho de los SS y kapos supervisores, era un sobrehumano esfuerzo que truncaba prontamente la resistencia del más fuerte.

Tratados como bestias por sus opresores, exacerbados por los demoledores efectos de los bombardeos aliados, los pilotos con su uniforme todavía puesto, decidieron no resistir un sólo día más el castigo impuesto. Llegados arriba, muchos de ellos se lanzaron a las alambradas electrificadas. Los restantes, en un acto de inmenso valor se dirigieron directamente hacia log miradores de vigilancia sobrepasando la línea de demarcación establecida y siendo abatidos por las ametralladoras.

El hecho verídico fue un botón más de muestra de lo que era capaz la maquinaria nazi para eliminar a enemigos del régimen.

En las peregrinaciones a Mauthausen, componentes de las fuerzas armadas de los Estados Unidos rinden homenaje a sus compatriotas vilmente masacrados.

Para nosotros, testigos presenciales de sus continuas ascensiones, era natural valorar su tortura aderezada con golpes de vara y vociferaciones de los kapos para acelerar sus movimientos. Éramos protagonistas de subir los 186 escalones con el aditivo del granítico bloque sobre nuestras espaldas al finalizar, sin excepción, día a día, nuestra extenuante jornada en la cantera y sabíamos el esfuerzo que exigía.

Que yo recuerde, únicamente cuatro españoles fueron condenados a la Strafkompanie, supuestamente por un motivo sutil al ser librados de ella a los pocos días. No tuvieron idéntica suerte un grupo de holandeses que perdieron su vida, jóvenes todos ellos, ascendiendo la fatídica escalera. Estos, de raza hebrea, ya formaban parte de la programación establecida para eliminar a todos los componentes de la tribu de Judá e Israel.

El Sol se extinguió en Mauthausen (Vinarocenses en el infierno nazi) - Francisco Batiste Baila

Inmaculada Montes

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Enamorada de Málaga. Periodista por la Universidad de Málaga. Redactora digital para diferentes medios y revistas. Me encanta el arte, la cultura y el cine. Escribo sobre actualidad y noticias de último hora. Te mantenemos al día.

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