Parte 7 – El camión fantasma y el Castillo de Hartheim

 Parte 7 – El camión fantasma y el Castillo de Hartheim

En el universo nazi, dentro del campo de Mauthausen, con los asesinatos cometidos en la cantera, en el resto de su enorme recinto y con los cadáveres procedentes de los kommandos exteriores que llegaban sin pausa, la salida del humo de sus crematorios era incesante; había material sobrado para ello.

Cualquier medio tendente a acelerar el exterminio era puesto en acción sin demora. Todo valía. Se trataba de forzar la marcha de la máquina del holocausto, bien con masivos fusilamientos, palizas hasta el fin, por hambre, inanición o por medio de las alambradas electrificadas, salida para una incurable depresión en la que te lanzabas o te lanzaban entre risotadas de los autores del empujón. En fin, la muerte te rondaba constantemente, incluso tumbado en la litera o por el suelo.

Con la construcción de la amplia Gaskammer (cámara de gas) en la que se empleaban con eficacia aterradora las pastillas de cianuro se fueron desechando otros medios que, aunque efectivos, eran más lentos. Ese método de exterminio masivo obvió otros que no alcanzaban la contundencia de las pastillas que se fabricaban en Francia, entre ellos el que conocíamos como camión fantasma.

Siendo testigos presenciales nos dábamos cuenta de hasta donde podía llegar la crueldad humana. ¡Habían descubierto un sistema atroz en el que la única pega manifiesta era la limitada cabida del vehículo empleado.

Nuestros compañeros de avanzada edad, los deficientes físicos -los mentales eran de efímero paso- los enfermos, los que destacaban por motivos sociales o étnicos, caían en la trampa urdida por uno de los cerebros más siniestros, el Lagerkommandant Ziereis.

Con la promesa del traslado a un lugar más tolerante, a un centro de salud y en más de una ocasion para probar la resistencia de los jóvenes y fuertes, simplemente por caprichos del jefe del campo, eran encerrados en una caja hermética a la que se conectaba el tubo de escape La fórmula era simple y barata.

El trayecto era breve. Se trataba de conducirle hasta Gusen distante unos seis kilómetros de Mauthausen, los suficientes para que las emanaciones del motor bastasen para su total asfixia. Amontonados en su interior cuarenta o cincuenta deportados extinguian sus vidas después de un atroz sufrimiento. Llegados al punto de destino sus rostros arañados eran prueba inequívoca de su desesperacion.

Provisto Gusen de hornos crematorios en ellos se producía el epílogo de la siniestra obra. De estar saturados, de no dar abasto paral convertir en fuego y humo el macabro cargamento, se retornaban al campo central donde sin más ceremonia, carne y huesos eran devorados rapidamente por el fuego, pasando a ser ceniza, briznas de polvo que se vaciaban a la parte posterior del incandescente artefacto. Su nauseabundo olor era perceptible a gran distancia de manera continua. Por la noche la incesante labor de los grandes hornos, las llamaradas que, junto a la humareda despedían las chimeneas, era una norma.

Los viajes que siguieron hasta la imposicion de sistemas más sofisticados y masivos, fueron, en más de una ocasion, supervisados por el sanguinario Ziereis y el capitán SS. Bachmayer, su «segundo de a bordo» que, desde 1941 hasta 1945, el destino me forzó a conocer.

Sentados en la cabina, uno de ellos al volante, se regocijaban al ver a través de una mirilla de grueso cristal las reacciones de sus víctimas y escuchar sus gritos de agonía.

Tal comportamiento es dificil de explicar y, por ende, de concebir. ¿Es posible que a más nivel cultural mayor refinamiento para la tortura?

Cuantos horrores tuve la desgracia de presenciar en mis largos años de cautiverio refuerzan esta hipótesis que, incluso para quienes éramos testigos presenciales nos costaba creer fuese obra de la especie humana.

Era un acto más de la operación «Noche y Niebla», objetivo fundamental del autor de «Mein Kampf», el funesto Führer del Tercer Reich que llevó hasta los últimos extremos.

Que se sepa, ningún vinarocense fue asesinado por este medio. Sí formó parte de un convoy, según consta en los registros de víctimas de Mauthausen, el joven José Bellés, natural de Ares del Maestre, vinculado a Vinarós por lazos familiares.

José, hermano de la madre de Eloy Fabregat Bellés, éste valorado y recordado carpintero local que nos dejó en la plenitud de su vida, dejando viuda y dos preciosas hijas, pudo comprobar a través de un libro que le prestó mi hermano Sebastián el deceso de su tío. En su contenido figuraba la relación de los «gaseados» por el sistema móvil.

Por carencia de información, finiquita nuestra «incivil» contienda, se ignoraba su paradero. En su pueblo natal se estimaba que había desaparecido en la cruenta batalla del Ebro, frente que se cobró miles de vidas, entre ellas las de muchos vinarocenses.

Es de imaginar la sorpresa de Eloy al enterarse, transcurrido ya más de medio siglo, que su tío, José Bellés, fue uno más de los millones de seres exterminados durante la Segunda Guerra Mundial.

Por mucho empeño que ponga en mi relato jamás podré plasmar con exactitud toda la barbarie y crímenes cometidos en Mauthausen y su entorno.

Considerando que por ley de vidá los años hacen mella en nuestra memoria, intento no dejar en el olvido lo que el destino me obligó a presenciar como el ya referido, y que pervivió hasta el funcionamiento de la cámara de gas.

Dentro del cómputo exterminador los hubo en los que, afortunadamente, no fuimos testigos visuales al ser considerados «secretos de estado» por la finalidad que con ellos se pretendía.

Situado a unos 20 kilómetros de Mauthausen se hallaba el castillo de Hartheim, centro de experiencias humanas.

Atendido por científicos y médicos, a cual más abominable, lo que en su interior se llevaba a cabo no fue conocido hasta la llegada de las fuerzas del general Patton, aunque como es lógico, el desarrollo y resultado de las mismas fue top secret. Su divulgación no se llevó a cabo; nadie de los que pasaron por Hartheim salió con vida, lo que les privó de testimoniar en los diferentes procesos contra los criminales de guerra.

Desde nuestro campo observábamos la llegada, si no periódica, bastante frecuente de un autobús que embarcaba pequeños grupos de deportados que partían con rumbo desconocido. Acostumbrados a presenciar barbaridades, de momento, tal suceso nos hacía permanecer indiferentes, sorprendiéndonos un tanto la circunstancia de que ningun «pasajero» volvía a entrar en el campo. Ignorábamos que se trataba de un viaje sin retorno.

Con el transcurso del tiempo los propios SS. nos anunciaban A cada llegada que venían en busca de nuevos destinatarios para el castillo de Hartheim sin aludir para nada el objetivo de la acción.

Nuestra inicial indiferencia fue dando paso a la inquietud al cercionarnos de que entre la mezcolanza de los escogidos, mayormente enfermos, accidentados o deficientes físicos, figuraba algún español que tal como sucedía en muchos kommandos ya no volvíamos a ver con vida. Del cupo embarcado en el lujoso autocar formaba parte más de un robusto joven al que, quizás, los señores de la bata blanca sometían a experimentos especiales.

En pleno internamiento, hasta el final de la guerra no supimos la multiplicidad de los horrendos experimentos médicos de los que fueron partícipes.

Hacer de cobayas, someterse a la esterilización, a la extraccion de testículos u órganos genitales femeninos, a mil pruebas hasta llegar a la muerte, fue una constante, tanto en Auschwitz-Birkenau bajo la dirección del doctor Mengele, como en el campo de mujeres de Ravensbruck y nuestro cercano Hartheim, solicitado todo ello por los altos mandos militares de la Wehrmacht, Luffwaffen Kriegsmarine.

Los resultados de las pruebas biológicas, preparación para vuelos de máxima altitud, navegar y desenvolverse en aguas glaciales, entre otros experimentos, no tuvieron tiempo de aplicarlos los nazis. Es posible que los aliados, especialmente las grandes potencias, transcurrido ya más de medio siglo, saquen provecho de lo conseguido por los teutones con el tributo de miles de vidas humanas.

Los numerosos familiares de las victimas del holocausto que visitan el último campo liberado, Mauthausen, sus canteras y el castillo de Hartheim, pueden observar en éste, dentro de sus espaciosas salas, los elementos utilizados por los bárbaros doctores del pretendido régimen de los mil años.

Cuanto acontecía en el castillo estaba supervisado por el SS. doctor Krabsbach al que los deportados apodábamos «El Inyectador» por su propensión a inyectar gasolina en las venas de los condenados, sistema barato y rápido de eutanasia que le complacía aplicarlo con frecuencia.

Si consideramos el valor del cuerpo humano de los deportados, igual a nada para los nazis, carente de todo fundamento y razón de ser, máxime si se trataba de enemigos congénitos a quienes se estimaba como infrahumanos, viejos, inválidos, accidentados, enfermos, con la razón perdida, el borrarlos de la faz de la Tierra se convertía en una misión sagrada que las futuras generaciones de la «Gran Alemania» agradecerían eternamente.

Mentado ya el interés de las fuerzas armadas por sacar provecho de todo experimento medico, se comentaba que los laboratorios y la potentísima industria farmacéutica, una de cuyas siglas ocupa lugar preponderante en el actual mercado mundial, también estaban interesados por conocer los resultados obtenidos de la carne barata de los masacrados.

Este supuesto lo reforzaban las frecuentes visitas de los jerarcas de la Gestapo y la SS., Himmler, Kaltenbrunner y Rudolf Hess, hasta su fuga en avión a Escocia el 10 de mayo de 1941, todos ellos representantes del gran dictador.

Reunidos en un barracón del propio campo al que nosotros denominábamos «El Bunker», acompañados de los jefes de Mauthausen, urdían medidas a aplicar por médicos experirvientados y noveles, aleación congénita en todo centro destinado a pruebas con cobayas humanos y a lo que era objetivo fundamental, la masacre de grandes ontingentes de seres que no compartían su doctrina.

El fatídico castillo, situado en las inmediaciones de Linz, rodeado de perennes praderas verdes y exultantes árboles, ofrecia a la vista una maravillosa estampa digna de figurar en folletos de propaganda turística, ¡Qué atroz diferencia con la tortura y muerte presentes en su interior!

Nuestros Ziereis y Bachmayer, máximos exponentes de lo que es un verdadero asesino, prestos a la burla, afirmaban que la antiquísima, sólida y preciosa construcción no era otra cosa que un sanatorio, un lugar de descanso y alivio para los más débiles.

Nuestro campo tenía su propio equipo que, en su recinto, efectuaba pruebas medicales, siempre bajo la dirección del siniestro doctor Krabsbach que creaban gran inquietud a quienes podíamos engrosar su cupo de cobayas.

A tal efecto, eligió un grupo de unos cuarenta internados entre cuales estaba incluido.

Seleccionados a su albedrío, sí tuvo en cuenta un factor que consideraba esencial; debían pertenecer a los menos desnutridos, a los más fuertes, condición que sólo se daba entre quienes habían cogido un «enchufe», posibilidad más acusada entre los veteranos y que les proporcionaba un suplemento de comida.

Descartados los de raza germánica y kapos, éstos por la valoración de su cometido, todos los integrantes, procurando disimular el pánico no podíamos evitar nuestra inquietud.

En esta ocasión no se recurrió al sistema habitual para reunir a un grupo, latigazos, patadas e imprecaciones. Los hombres vestidos de blanco inmaculado nos trataban con una amabilidad inusitada que, a nosotros, sabedores de que ellos formaban parte de los más expertos programadores de la muerte refinada, nos avivaba el recelo.

Alojados en un pequeño blok separado, el grupo de diversas nacionalidades del que formábamos parte unos diez españoles, fuimos prontamente inyectados de un líquido en el pecho, bajo la tetilla izquierda. A la interrogación de los más osados, el doctor SS. ejecutor respondió que él mismo lo ignoraba. No le creímos y su evasiva aumentó nuestra sospecha, un tanto mitigada al constatar que no íbamos a ser conducidos al temido castillo de Hartheim.

Recuerdo que la profunda inyección no fue excesivamente dolorosa. Sus efectos fueron rápidos. Durante unos días una persistente fiebre hizo presa en nuestros cuerpos a la vez que, sobre nuestro pecho, aparecía una inflamación en forma de un gran círculo rojizo, no de idéntico diametro en todos los casos.

Según las reacciones de cada uno, fiebre y círculo fueron decreciendo. De una a tres semanas transcurrieron hasta su total desaparición, periodo en el que los SS. seguidores de la incubación, medían milímetro a milímetro las oscilaciones y tomaban apuntes.

Mejor alimentados que de costumbre, periódicamente nos extraían sangre cuyos tubos eran agregados a la filiación de cada uno.

Aunque los días transcurrían sin ninguna consecuencia mortal, obligados a reintegrarnos al trabajo sin dar por terminado el experimento, preocupados, imaginábamos que esta circunstancia descartaba la posibilidad de una rápida eliminación. Pasar por este trance nos dio una ocasión más de apreciar los sistemas que los nazis aplicaban con un determinado objetivo que únicamente ellos conocían.

¿Qué finalidad tenía el experimento llevado a cabo con nuestro cuerpo? Jamás lo supimos con exactitud.

Uno de mis amigos integrantes del grupo, el catalán Joan Gil, fallecido en París años después, trabajando en los servicios administrativos pudo conseguir algún informe cuya veracidad fue imposible constatar.

Después de nuestra liberación, sujeto yo a anuales revisiones médicas de forma exhaustiva en la capital parisina, jamás me fue posible saber el resultado de las pruebas realizadas en «el bunker» ni de las posibles secuelas que, en este caso concreto, serían unas más de las muchas que dejaron en mi cuerpo los largos años de permanencia en el campo de exterminio de Mauthausen.

Muchos de nuestros doctores deportados, testigos de varios juicios en la posguerra, aportaron alguna luz sobre las experiencias llevadas a cabo, pero la mayoría pasaron a ser secretos al no ser divulgadas por los vencedores.

Personalmente, si es que ello pueda servir de aporte, anotaré que, años después de nuestra libertad fui a visitar a París a mi camarada Joan Gil con el que mantuve contacto hasta el fin de sus días.

Rememorando nuestra condición de cobayas, salió a colación nuestro estado de salud en el encuentro, preguntándonos ambos si con el transcurso de los aflos surgirian consecuencias irreversibles del «trabajo» de los doctores SS.

A lo largo de la conversación me dijo que, a instancias de un laboratorio de Viena, basándose en documentos conseguidos en la Politische Abteilung (oficina política del campo) cabía estimar que nos habían inyectado un estafilococo para que nuestro plasma sirviera para generar un suero antifilococo.

Siendo profanos en la materia, Joan y yo no estábamos capacitados para dar esta teoría por cierta. Retornados a Francia y dada a conocer la prueba soportada, pasados chequeos y exámenes biológicos por especialistas, no constataron ningún síntoma infeccioso. Estudiada a fondo la patología de la deportación, la inmunología de cada uno de los supervivientes se llegó a un diagnóstico generalizado: trastornos respiratorios, digestivos, circulatorios, cardiacos, entre otros, nos acompañarían hasta el fin de nuestros días.

En su afán de nuevos descubrimientos científicos, los campos de exterminio disponían de material humano inagotable para llevarlos a cabo. No existía ningún problema y a ello se volcaron los alemanes. Los fundamentales objetivos ya los he descrito, pero los hubo de menor envergadura de los que experiencias y nuevas fórmulas de alimentación formaban parte de su elenco. En el último concepto, era destacable la mescolanza en la composición del pan, obviamente, de ser positiva la prueba, para aplicarla a los súbditos de la gran Alemania.

El pequeño y negruzco chusco de sabor indefinido contenía avena, remolacha y algún otro producto de problemática definición. Comido con avaricia lo que menos importaba era su efecto sobre el aparato digestivo. La masa salida del horno, es seguro no era ajena a las continuas oclusiones intestinales que se «aliviaban», exclusivamente, en la cámara de gas y crematorio.

La variedad de nacionalidades, etnias dispares, despertó la curiosidad de los nazis. Muchos cráneos, antes de ser completamente calcinados, eran recuperados y alineados con su nota de identificación ante ilustres científicos que, estudiando su morfología establecían comparaciones con los «cabezas cuadradas» de la superior raza aria.

En la perfecta planificación Nacht und Nebel («Noche y Niebla») llevada a rajatabla, se dieron casos de un refinamiento atroz, pruebas de lo que se puede hacer con un cuerpo humano destinado a la extinción.

Las señoras de los gerifaltes de los campos jamás habían visto un muestrario tan rico y variopinto de tatuajes plasmado en brazos, pecho y espalda de los deportados. La punción para introducir bajo la epidermis materiales colorantes no era tarea frecuente en el país germano. ¡Aquello era un auténtico hallazgo! Algunos de ellos, excelentes, bordeaban la obra de arte.

¿Sería posible obtener con ellas pantallas para lámparas a lucir en mesitas o tocadores? La utilización de la piel humana sería toda una primicia. Las caprichosas «damas», con la aquiescencia de sus maridos, consiguieron su objetivo. Al fin y al cabo se trataba de utilizar despojos destinados a ser consumidos por el fuego.

Aparte del propio Mauthausen, el macabro detalle proliferó en muchos campos exterminadores. Liquidada la contienda, la repugnante «genialidad» se dio a conocer en todo el mundo, creando la natural sorpresa y estupor. Se trataba de una obra más de los amos de Europa.

Inmaculada Montes

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Enamorada de Málaga. Periodista por la Universidad de Málaga. Redactora digital para diferentes medios y revistas. Me encanta el arte, la cultura y el cine. Escribo sobre actualidad y noticias de último hora. Te mantenemos al día.

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