Parte 6 – Los Kapos Españoles

 Parte 6 – Los Kapos Españoles

Página negativa destacada en el conjunto de la deportación fue que, en Mauthausen y Gusen, algunos de nuestros compatriotas, renegando de su pasado, no tuvieron escrúpulos para convertirse en artífices de las prácticas nazis, aceptando ser kapos. El denominado «Kommando César» fue el más «ilustre» y conocido por nuestros deportados. César Orquín, cabeza visible de los kapos, creó una siniestra leyenda a su alrededor. Yo, al haber convivido con él en el campo de concentración francés de Agde y en la misma Compañía de Trabajadores Españoles creada al inicio de la Segunda Guerra Mundial, tuve ocasión de conocerle personalmente.

Natural de Valencia, joven, elegante y cuidadoso de su persona, aunque aparentaba ser un aristócrata decía ser libertario. Confesaba ser descendiente de músicos compositores; mitómano en grado sumo, le gustaba el halago y le placía el ser escuchado. Pese a sus contradicciones plasmadas en considerarse poeta en un momento dado para pasar después a ser autor dramático, doctor o ingeniero, podíamos definirle como un sujeto muy inteligente.

César intentó sacar el mayor provecho posible de la situación tan irreal en la que estábamos inmersos los españoles. Hablando casi correctamente el alemán, no tardó en poner su capacidad intelectual al servicio de los SS. Alcanzada la confianza absoluta del capitan Bachmayer y del Legerkommandant (jefe supremo) Zereis, se le concedió el grado de Oberkapo (cabo superior) con la responsabilidad de organizar un colectivo formado exclusivamente de excelentes trabajadores españoles. Así nació el que simbólicamente conocimos como el Kommando César».

Parte 6 - Los Kapos Españoles 17
El campo de Mauthausen. Una fortaleza inexpugnable con sus muros de granito y sus altos miradores (Foto SS).

No le resultó difícil agrupar a unos cuatrocientos de nuestros camaradas, imaginando todos ellos que, abandonar el terrorífico trabajo de la cantera de la muerte y estar bajo el mando de un Superkapo español les depararía un trato más humano y ampliaría sus Posibilidades, por tanto, de sobrevivir al infierno de Mauthausen.

¡Vana ilusión! Tanto Cesar como sus ayudantes nombrados por él para «tratar» a sus trabajadores, eran, ante todo, lacayos de los SS., y el comportamiento de alguno de ellos para con sus compatriotas superaba, con creces, el instinto sanguinario de los kapos triángulos verdes alemanes.

Empleados en la industria de armamento en la ciudad de Ternberg, cercana a Linz, el ritmo de trabajo era infernal. Uno de mis amigos, el también valenciano Manuel Ginestar, veterano, junto a otros testimonios, pese a alguna divergencia, llegan a la conclusión de que la conducta de César resultó despiadada, sobresaliendo entre sus ayudantes hispanos su «preferido», un tal Flor de Lis, un joven muchacho de apenas veinte años lleno de instintos criminales que contribuyó enormemente a que el «Kommando César» fuese uno de los que, a ser posible, teníamos que evitar.

Al igual que todos los oberkapos, César Orquín tenía a sus preferidos. Estos, una minoría, llegado el día de la liberación defendieron su actuación fundamentándola en que bajo su mando murieron únicamente cuatro españoles, por agotamiento físico y que bajo la dirección de kapos alemanes el porcentaje hubiese superado el 50%.

La realidad fue otra más diabólica, Centenas de nuestros camaradas, debilitadas sus fuerzas que les imposibilitaban ya ser productivos, no debían morir allí, siendo trasladados a Mauthausen y Gusen donde eran eliminados definitivamente.

El regreso desde Ternberg de numerosos camiones con su triste cargamento y la elección de nuevas víctimas, nos hacía imaginar lo que ocurría en el grupo mandado por el inteligente y a la vez despreciable compatriota. El cinismo de César Orquín llegaba al extremo de elegir entre los desgraciados deportados a cuantos no eran partícipes de sus ideas.

La desaparición de miles de víctimas durante el mayor holocausto de la historia de la humanidad, nos privaron de importantes testimonios esclarecedores y a la vez terroríficos, favoreciendo con ello a los verdugos en los juicios celebrados después de la liberación.

Entre los kommandos que causaron más víctimas de deportados españoles figura el de Steyr.

Los supervivientes de los centenares de compatriotas que lo integraron, jamás olvidarán los nombres de los que bautizamos como «Al Capone», «La Puta», «El Bizco», «La Cigüeña» y «El Gitano», todos ellos integrantes del grupo de nueve alemanes que lo componían.

En el mismo hubo participación de kapos españoles. Seis renegados, menospreciando a sus propios camaradas y para protegerse ellos mismos colaboraron con los nazis. Los Ripollés, García, «El Vasco», «El Capitán», «El Gandía», y «Enriquito» fueron, a partir de entonces, fieles observantes de una conducta cruel e indigna.

Uno de mis compañeros que pasó por el Steyr, el cordobés Santiago Centeno, así como otros no inmolados, coinciden al denunciar su salvaje comportamiento, superior al de los kapos alemanes. Ripollés, más conocido por «El Bruto» y «Enriquito» -éste con apenas diecinueve años- se servían de un mango de pico al parecerles insuficiente la vara de buey para «tratar» a sus compatriotas.

Steyr, situado a unos 20 kms. del campo central, hacía que, ya anochecido, el kommando regresase a Mauthausen en un estado físico lamentable, algo semejante al de quienes subían las escaleras de la muerte de la cantera con un trozo de granito a sus espaldas. Tumbados a nuestro lado, ignoraban si al amanecer les quedarían fuerzas para soportar el inhumano trabajo diario.

Parte 6 - Los Kapos Españoles 19
Muros y miradores ya finalizados (Foto SS).

El terrorífico Steyr fue, después de Gusen y la cantera el más mortífero para los españoles. Su importancia estratégica, la obligatoriedad de trabajar a marchas forzadas obligó a que más tarde su propio campo de reducidas dimensiones fuese montado en su lugar de destino.

Sabíamos lo que ocurría en él. No transcurría un mes sin que llegasen a Mauthausen uno o dos camiones con su ritual cargamento de «accídentados» o físicamente inútiles. Convertirlo en cenizas era posible en Gusen, Melk y Ebensee, todos en el entorno del gran campo de mi internamiento, pero el de Steyr carecia de horno para incinerarles.

El kommando al que aludo, formado en 1942 por un contingente de unos trescientos españoles, durante el verano de 1943 sobrevivieron muy pocos. Torturados durante el tiempo que permanecieron en él, en su retorno no pudieron resistir las torturas de las que, entre otros kapos, sus indignos compatriotas fueron principales ejecutantes.

La organización de exterminio nazi era diabólicamente perfecta. Los flagelados, lisiados, improductivos y moribundos estaban condenados de antemano. Los «señores de raza superior» eran sabedores de que disponían de mano de obra válida para suplir, aunque fuese por tiempo limitado, a todos los seres inocentes que, de forma sistemática, habían exterminado.

Cuanto ocurría en el túnel de Loibl Pass, dentro del kommando de «César Orquín» o en Steyr, no se diferenciaba de otros formados por deportados de distintas nacionalidades.

Considerando nuestro historial vivido en un campo de exterminio nazi, de nuestra lucha antifascista, iniciada ya en la contienda civil, aún hoy, transcurridos más de sesenta años, somos conscientes de la nefasta labor de algunos de nuestros compatriotas, afortunadamente muy pocos, internados en Mauthausen que aceptaron convertirse en kapos.

El instinto de vencer a la muerte que se adueñó de nosotros un vez rodeados de altos muros y alambradas electrificadas, es posible influyera, en buena proporción, a aferrarse a una de las posibilidades de sobrevivir.

El terrible régimen impuesto, constatar que el único destino posible era transformado en humo y ceniza evidenciaba dos alternativas, la muerte o el favor del que disfrutaban los kapos, bien vestidos y alimentados aunque de forma efímera, una falsa ilusión puesto que ellos, ignorándolo, estaban incluidos en la programada solución final. ¡No dejar testigos del holocausto hitleriano!

Dominados por el instinto de conservación, sabían que el mejor camino hacia la esperanza se fundamentaba en la colaboración con los fanáticos SS., hecho que éstos valoraban sabedores de que para el exterminio masivo necesitaban la ayuda de los propios deportados. Abandonar todo sentimiento humano, usar con profusión la vara de buey era exigencia del alto mando nazi para concederles tal privilegio.

El llamado Ramón Vergé, nátural de Jesús (Tarragona), luciendo su brazalete de kapo exponía a viva voz su filosofía. ¡En Mauthausen había que olvidar las ideas y salvar el pellejo!, pensamiento del que no puedo afirmar fuesen partícipes todos los elevados a nuestros verdugos, aunque es bien cierto que nadie fue obligado a ingresar en el siniestro grupo.

Trabajando en la enfermería, la conducta de Vergé fue desconcertante, variable, ya que tanto te ayudaba como aceleraba el proceso de eutanasia para que al desgraciado le fuese inyectada gasolina por vía intravenosa, método usual, aunque es posible que, a su manera, adujese que era una forma de evitar mayor sufrimiento. Se sabe que llegada la liberación, Ramon Vergé fue condenado por un tribunal aliado a doce años de reclusión. Sólo cumplió dos, pasando a vivir en Munich.

Ignoro si más tarde regresó a España.

Al de César Orquín y a su kapo predilecto Flor de Lis, un auténtico asesino, ya me referí en «Crónica de Vinarós» del 9-5-98, ambos indignos de ser españoles. La crueldad del último que alcanzó cotas inenarrables le impidió cruzar la puerta de salida de Mauthausen. Tratando de reconciliarse con sus torturados, de nada le sirvió su estratagema. Uno de los que mas sufrieron su crueldad hizo la promesa de que de sobrevivir no le perdonaría. Ante la indiferencia de todos y la aprobación de los apaleados se tomó la justicia por sus propias manos.

A mi conocimiento llegó la noticia de que en el mortífero Gusen, el llamado Tomás Urpí, uno de los más afamados y encarnizados kapos, encontró lo que se merecía por obra de un joven asturiano, cuyo padre y ante su presencia había sido asesinado en los túneles del propio campo por su propio compatriota.

El apodado «Asturias» cuya crueldad era pareja a la de los peores kapos alemanes tuvo mejor suerte. Entregado a los libertadores norteamericanos, juzgado por la muerte de muchos deportados cumplió condena y, según datos que no puedo aseverar, retornó a España, viviendo, probablemente, como una persona normal pese a tener sus manos manchadas con la sangre de sus compatriotas, casos reiterativos en la posguerra.

En el kommando Steyr, 14 Superkapos y jefes de blok se creían amparados por los propios SS. Tres de ellos, Richard, jefe del campo, Aldo y Franz, jefes de blok, fueron eliminados por las propias Schutz-Staffeln.

El español Vicente Ripollés, kapo de triste recuerdo, murió envenenado aunque existen dudas sobre ello. Lo que sí es muy posible es que su deceso fuese obra de sus propios correligionarios con los cuales, hasta entonces, se había entendido a la perfección.

No sería justo obviar el admirable comportamiento de otros españoles que aceptaron puestos de responsabilidad en el enclave de Mauthausen y en sus numerosos komandos. Cito a dos de ellos, uno Juan Gil, jefe de blok número 2, y el joven Rosell del grupo de César. La labor de ambos era difícil y peligrosa. A mayor crueldad más elogios de los SS. Nuestros dos hombres exponían, día a día, su vida ayudando a los más desfavorecidos.

Los testimonios sobre la conducta de Rosell fueron concordantes en cuantos trabajaron bajo su mando. Favorecido con mayor ración de comida, privilegio de todos los kapos, muchas veces la compartía con los más débiles y si en alguna ocasión, ante la presencia de César Orquín o los SS. se veía forzado a usar la vara de buey, lo hacía de la forma más suave posible.

Parte 6 - Los Kapos Españoles 21
Himmler visita Mauthausen en compañía de Ziereiz (Foto SS).

Una reflexión sobre la conducta de los kapos españoles obliga a establecer dos grupos diferenciados. De una parte los César Orquín, Flor de Lis, Ripollés, Urpí y Vergó entre otros destacados verdugos; de la otra, más grata y reconfortante los Gil, Rosell, el doctor Salvador Ginesta y alguno que lamento no recordar, todos ellos salvadores de muchas vidas de sus camaradas.

Después del genocidio, los kapos españoles afirmaban haber actuado bajo la presión de los nazis y los propios teutones a la obediencia debida como una pieza más del engranaje nacionalsocialista.

Lo cierto es que, tanto para unos como para otros, aparte los ajusticiados, las penas impuestas no fueron proporcionales a los miles de víctimas que con su actuación ocasionaron en los campos de exterminio del Tercer Reich.

El inmenso campo de Mauthausen, capaz de admitir a miles de prisioneros estaba clasificado como de tercera categoría, sinónimo de exterminio total. Durante mis más de cuatro años que permanecí en él pude comprobar la precisión sistemática, infalible y sin pausa con la que se llevó a cabo el macabro objetivo.

Considerando los durísimos años allí transcurridos, la propia confusión y el estado anímico de una situación irreal difícil de imaginar por cualquier ser humano, es imposible describir con exactitud tanta vejación, torturas y asesinatos en masa considerando que los ejecutantes pertenecían a una raza tan sensible a la buena música, al arte, a la ciencia, cuna de grandes aportantes a la cultura mundial y que, seducidos por un visionario alcanzaron cotas de fanatismo y crueldad que hoy, analizadas con frialdad resultan inconcebibles.

Mauthausen, comenzó a construirse antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial en uno de los parajes más bellos que pueda visionarse a orillas del Danubio, circunstancia que he podido verificar, años después de mi liberación, en una peregrinación al campo austríaco, hace que te resistas a creer, siquiera, a imaginar que, en un lugar de exultante hermosura se perpetrase un genocidio de tal envergadura.

Región agrícola por excelencia, de una frondosidad arbórea, signo destacable del Tirol, durante la gran conflagración el terrorífico campo Y sus múltiples tentáculos, se volcaron en la producción armamentística y en la cantera ubicada en el propio campo a cargo de la «Wiener-Graben», generadora de ingentes cantidades de adoquines de granito que pavimentaron plazas y calles de las grandes ciudades austríacas -Viena, Linz, Salzburg, entre otras-, ignorantes los viandantes que pisaban material regado profusamente con sangre humana y a costa de la vida de miles de seres masacrados, entre ellos la de 6.502 españoles.

Llegados al campo, a todos, sin excepción, para ser distinguidos por motivos y nacionalidades, se nos obligó a llevar cosido en la chaqueta del rayado uniforme de presidiario el triángulo que identificaba. Así, de esta forma, nuestros primeros verdugos, casi exclusivamente alemanes y austríacos lucían el triángulo verde, sinónimo de condenados a largas penas por crímenes cometidos u otra causa de derecho común.

Parte 6 - Los Kapos Españoles 23
Himmler y Kaltenbrunner en la cantera (Foto SS).

Entre la amalgama de colores, los homosexuales lucían un triángulo rosa, los asociales el negro, los objetores de conciencia el violeta, los judíos de efímero paso, primerizos en las cámaras de gas y hornos crematorios ostentaban la estrella de David, amarilla y a veces con el añadido rojo y negro, los políticos de nacionalidades varias el rojo y una letra signando su país de origen.

Todos los Roten Spanier se conocían por su triángulo azul.¿Por qué no rojo? Tal era el sinonimo con el que se nos etiquetó durante después de nuestra contienda civil y que, aun hoy, todavía persiste. Los nazis conocían exhaustivamente nuestra lucha antifascista por obra de su eficiente servicio secreto y por la intervención directa de la Legión Cóndor, grupo de técnicos escogidos que tuvieron ocasión de poner a prueba las sofisticadas armas que iban a entrar en acción en la gran contienda incubada por los propios nazis y que no fueron capaces de ganar.

El color azul, asignado con la S que determinaba nuestra nacionalidad, nos hizo lucubrar sobre el mismo. ¿Pretendían los teutones al incinerarnos rendir homenaje a los caídos en el frente ruso de la División Azul? La coincidencia de nuestro azul de apátridas con genérico de los 17.000 hombres que al mando del general Muñoz Grandes pasaron a integrarse en la Wehrmacht como la 250 división se presta, aun hoy, a admitir tal posibilidad.

El gobierno alemán detectó que entre los centenares de miles de prisioneros aliados capturados en su incontenible avance figuraba un gran contingente de españoles. Consultado el hecho con el gobierno franquista, éste, por boca de su ministro de asuntos exteriores, respondió que los únicos y auténticos españoles se encontraban en su patria.

De esta forma, ante tan contundente afirmación y durante muchos años, los exiliados perdimos nuestra nacionalidad pasando a convertirnos en apátridas, nominación que perduró largo tiempo después de nuestra liberación.

Desde el Mauthausen rescatado ya de las garras hitlerianas, sentíamos una gran alegría por el retorno de nuestros camaradas de cautiverio a sus países de origen, a sus hogares de los que fueron privados durante inacabables años. La propuesta de nuestros liberadores norteamericanos fue idéntica para nosotros. ¡Sois libres!, podéis regresar a vuestra patria! ¿Podían presagiar que tal sueño, tanta felicidad, era en aquellos momentos una quimera? No tenían en cuenta de que destruida la bestia nazi, nuestra piel de toro, nuestro añorado país continuaría durante muchos años sin democracia.

Procedentes de tierras occidentales, los españoles seríamos los primeros en acceder al mortífero campo de Mauthausen y, tras la conflagración los últimos en abandonarlo. Casi un mes después de abrir las puertas de la libertad, tuvimos que esperar a que Francia nos aceptase de nuevo, pero de una manera opuesta a la denigrante aplicada tras el cruce de los Pirineos, sabedores ya, de que miles de los nuestros combatieron al Tercer Reich escribiendo páginas gloriosas derramando generosamente su sangre y la entrega de sus propias vidas por una ación que, ni remotamente, era merecedora de tamaño sacrificio.

Tiempo habrá para referirme más adelante a tal cuestión. Voy a intentar, por tanto, seguir un orden cronológico contando con la tolerancia de mis lectores teniendo en cuenta el tiempo transcurrido, las infrahumanas condiciones impuestas, el estado físico y moral en que nos hallábamos y que, en buena lógica dificultan, aun hoy, aunar toda la barbarie soportada durante los años en los que, en circunstancias normales, dada mi juventud hubieran sido los mejores de mi vida.

Cumplida la cuarentena fui asignado a la barraca nº 13. «Luciendo» nuestro triángulo azul, estábamos concentrados en los barracones 11, 12 y 13. En el que me cupo «alojarme» tuve la inmensa alegría de coincidir con mi camarada de cautiverio y paisano Agustín Miralles Doménech, «Calando». En la 11 se hallaba otro vinarocense, Serralta. Ambos vinarocenses, amigos que jamás olvidaré, fueron primeros deportados a Mauthausen, exactamente desde el mes de agosto de 1940, fecha en la que yo me hallaba en un Stalag de la Silesia, considerado como prisionero de guerra, bien tratado y sin visionar uno sólo de los fanáticos SS. de Heinrich Himmler.

Agustín, me dijo que trabajaba en un kommando exterior. La infraestructura del campo precisaba de la construcción de una Strasse (carretera), labor a la que se dedicaba mi entrañable compañero como peón bajo el mando de un kapo alemán llamado Pietro quien, aun ostentando el brazalete propio de su cargo y el distintivo verde de los criminales de derecho común, no era de los que más odiaban a los españoles.

Juan Serralta, magnilico marmolista de nuestro pueblo, «huésped» del barracón 11, se apresuró a advertirme, recién llegado yo al campo de que, precisado el momento de declarar mi oficio olvidase taxativamente que era marinero, mi verdadera profesión hasta entonces. Cualquier oficio manual era preferible al intelectual o cualesquiera estimado como incompatible para realizar los trabajos del campo y, en primer lugar para la explotación de la inmensa cantera de granito. Los declarados no válidos para el durísimo quehacer diario, enfermos y tullidos estaban destinados a ser eliminados.

Venciendo mi intención de decir la verdad, prevaleció la sensatez de Juan que casi me obligó a decir que era Steinmetz, que conocía el trabajo de la piedra equivalente a formar parte de los kommandos de su grupo.

Juan Serralta, sabía el valor de su consejo. Nuestro vinarocense no era un simple manipulador de la piedra, estando conceptuado an y de nuestra guerra «incivil» como un magnífico marmolista. En la cantera de la muerte trabajando el duro granito dio pruebas sobradas de su competencia, siendo valorada por los ingenieros civiles que la dirigian, firma industrial que las explotaba conjuntamente con las de Gusen y por los propios mandos SS. del campo, además de las altas jerarquias del partido nazi que la visitaban frecuentemente.

Durante una de las inspecciones del alto dignatario Heinrich Himmler, acompañado del siniestro Ernst Kaltenbrunner, sustituto del no menos sanguinario Reynhard Heydrich, protector de Bohemia y Moravia, víctima de un atentado, y un séquito numeroso de mandos de la cúpula nazi, prestaban atención al quehacer de cada canterano.

Deteniéndose ante el de los españoles pregunta «¿Quienes son ellos?» A la respuesta del Lagerkommandant Ziereis sobre su identidad, muestra su extrañeza e indaga la causa de su internamiento. «Se trata de rojos españoles». La reacción inmediata, supuestamente para aumentar nuestro miedo fue contundente. «¡Todos al crematorio!» expresado en alemán del que ya entendíamos las palabras más usuales.

Fijándose en el trabajo de Juan Serralta que destacaba sobre el de los demás canteros, le encarga la construcción de un enorme mausoleo de granito que perpetúe la memoria de su madre, Dorothea Himmler, recientemente fallecida.

El kapo Emil, al mando de los picapedreros recibe la orden y la indicación de que Juan recibiese durante la ejecución del encargo mayor ración de comida de la habitual, en la que los componentes destacables eran siempre los mismos.

Entre Juan y el sensibilizado Emil existia una connivencia que, dadas la condiciones impuestas, rayaba con la amistad. A instancias de nuestro paisano y a la bondad congénita en el kapo austríaco, virtud impensable en todo centro concentracionario, pude, recién bajado al Kommando Steínbruk, (cantera), ingresar en el grupo de los peones y que, a la larga, me, libró del trágico final de otros jóvenes vinarocenses en el infierno de Mauthausen y Gusen.

Sin la menor duda, la resistencia física de los peones, dedicados a un durísimo trabajo y jornada extensa, a un ambiente demencial y a la metódica crueldad de los kapos, tanto mas valorada cuanto más despiadada fuese, estaba condicionada por estos factores. Depender de un kapo como Emil Kuziatz era poco menos que una bendición divina.

Parte 6 - Los Kapos Españoles 25
Picando en la cantera (Foto SS).

Unidos a la bondad de Emil, existían otros factores mediáticos que, en gran manera, coadyuvaron a la no degradación de nuestra resistencia física.

Se trataba de trabajos en el interior de un barracón provisto de estufas, aporte imprescindible para manipular el granito mediando gélidas temperaturas que, en ocasiones, llegaban a los veinte grados bajo cero, a cubierto de las tormentosas lluvias invernales y nevadas y, durante el verano, dispensándote del incordiante sol que, cual plomo, se dejaba caer en la hondonada de la cantera.

El suplemento de lo que entendíamos por comida concedido a nuestros amigos especialistas, siempre a tenor de su trabajo bien hecho, les daba derecho a recibir un marke (tiquet) que aumentaba la ración a recibir, comprar unos cigarrillos en la cantina y hasta el privilegio de pasar unos minutos en el prostíbulo del campo en galante compañía. Esta especial barraca era lugar preferente para los SS. y kapos que, bien alimentados, exultantes de fuerza física, daban rienda suelta a sus apetencias sexuales.

La solidaridad de nuestros especialistas era manifiesta, pero es justo confesar que lo que más nos satisfacía era la dádiva a sus Compafieros hambrientos de parte de la bazofia más larga que, día a día se les concedía. Ellos, en su casi totalidad, preferían gastar sus üquets en comida que, junto a la que podían sustraer quienes trabajaban en las cocinas, jugándose la vida a cada momento, contribuía al refuerzo de calorías que, aun así, apenas alcanzaba las precisas para mantener el infernal ritmo de trabajo impuesto.

El testimonio de los peones que sobrevivimos es coincidente y crídico. Si vimos llegada la hora de la libertad, después de soportar durante casi cinco años la barbarie nazi, figura en el haber de quienes con su ayuda la hicieron posible.

En la barraca de los picapedreros, los treinta especialistas del equipo, entre ellos diez espaiíoles y los cinco peones asignados a ellos, grupo éste del que yo formaba parte, no nos resultaba difícil coordinar nuestro común esfuerzo. El objetivo fundamental era vencer el régimen, la crueldad imperante y no caer en una depresión cuyo casi seguro podía ser el suicidio.

Nuestro cometido diario, abastecer sin cesar de granito a los especialistas para transformarlo en adoquines u otras piezas anexas, no nos exoneraba totalmente de las pésimas condiciones meteorológicas al vernos obligados, carretilla en mano, a un continuo salir y entrar en la barraca. El acelerado ritmo establecido hacía más pesado el acarreo, pero es bien cierto que quienes laboraban la piedra con presteza, dándose cuenta de nuestro esfuerzo aminoraban la producción en fases parciales procurando no llamar la atención de los encargados de fiscalizarlas.

Forzados a permanecer más tiempo fuera que en el interior de la barraca protectora, nuestro mayor tormento en epoca invernal era arrancar los bloques de la siempre nevada explanada y limpiarlos.

La argucia de espaciar los viajes de las carretillas que nos daba ocasión a un respiro más largo, nos servía, a la vez, gracias a la perfecta coordinación con los picapedreros, para arrimarnos a las encendidas estufas en un intento de secar el empapado «pijama» y calentar nuestros helados miembros.

Cuanto describo era posible merced a la solidaridad mantenida durante los años que permanecimos en la cantera y, sobremanera, por 1 benevolencia de nuestro kapo Emil quien, desde su oficina instalada en el interior de la barraca se daba cuenta de lo que acontecía.

Nuestro buen hombre tenía que asumir sus responsabilidades , ante los SS. y garantizar los constantes pedidos de adoquines y otras piezas graníticas para otros cometidos. Fiel cumplidor y amante del trabajo bien hecho, podía depositar su confianza en nosotros llegada la necesidad de hacer un mayor esfuerzo. Su larga experiencia en los campos nazis -fue de los primeros kapos en llegar a Mauthausen- y los sesenta años que tenía cuando ingresamos, le hizo aprender que los esclavos más productivos eran los menos martirizados.

Parte 6 - Los Kapos Españoles 27
Construyendo el campo (Foto SS).

Para los cinco peones componentes de su kommando nos consiguió guantes y orejeras privilegio, casi imposible, al menos inesperado, del que únicamente gozaban los dinamiteros.

El gesto, digno de agradecer del buen Emil, nos permitió aliviar un tanto las gélidas temperaturas de los inviernos austríacos en los que las lecturas termométricas eran terribles, más para mí, procedente de un país que presumía de su bondad climática. De nuestra guerra civil quizás, lo más parecido aunque sin llegar a superar las de Mauthausen, fuesen las dadas en el invierno de 1937 durante la batalla de Teruel, preámbulo de la llegada de las fuerzas franquistas al Mediterráneo.

Calzados con chancletas de madera y tela, conseguir el aditivo de unos calcetines para soportar mejor las invernales jornadas del Tirol austríaco era todo un logro. Nosotros, privados de esta prenda, envolvíamos, como buenamente podíamos, nuestros pies con trapos o cualquier otra cosa aplicable.

Todo kapo, procuraba valerse de gruesos calcetines para evitar heladas, mayormente procedentes de los robos de sus correligionarios en los bien surtidos almacenes de intendencia de los SS. El nuestro no era excepción. Los suyos, parcialmente usados, pasaban a nuestros pies, acción a la que dábamos el justo valor.

A diferencia de los otros kapos y de los SS. que nos trataban con desprecio, él con su bondad lo hacía, sin ostentación, de forma familiar. En lugar de llamarnos Roten Spanier, Emil deseaba saber nuestro nombre de pila o, en su defecto, nuestra procedencia regional, apelativo usual en lugares masificados.

Emil Kuziatz se identificaba antinazi de forma encubierta, aunque es bien cierto que su humanitario comportamiento acreditaba sus afinidades con quienes estaban bajo sus órdenes.

Llegado el día de nuestra liberación, después de más de cuatro años de soportar atrocidades y pese a la natural desconfianza que el Comité de Resistencia clandestina sentía hacia los kapos que no pudieron escapar, deseosos de reconciliarse con nosotros, al inolvidable kapo vienés no le fue preciso disculparse por su comportamiento, alabado, sin exclusión, por todos los componentes de su equipo.

Bondad, comprensión, solidaridad y afecto, fueron virtudes que atesoraba quien podía haber sido un implacable verdugo nuestro. Ello le sirvió de pasaporte para, ya libre de la locura nazi, retornar a su hogar.

Dudo que dentro del inmenso campo exterminador, donde lo que más se valoraba era la impiedad, existiese otro caso semejante, motivo por el que me enorgullece referirme al más que kapo, camarada, que compartió con nosotros durante unos años el mayor genocidio de la historia de la humanidad.


Es justo decir que nosotros, con la conformidad del Comité de Defensa del campo, pusimos muchas veces en juego nuestras propias vidas colaborando con nuestro buen kapo. Una de ellas, fundamental para una mejor alimentación, era bajar por los 186 escalones los productos robados por diferentes kapos en cocinas, enfermería e intendencia hasta la propia cantera. Ser atrapado, portador de los preciados productos durante uno de los inesperados registros era garantía de un castigo proporcional a lo decomisado, desde los 25 golpes de Schlage (vara) contados en alemán, al suplicio de la «bañera»; sumergirte la cabeza, repetidamente, en agua fría hasta bordear la asfixia total.

Bajar las escaleras dos o tres veces a la semana con un paquete de margarina aplastado sobre el vientre con la tira del pantalón, disimular como podías un pedazo de carne o unas patatas afanadas era una tarea altamente peligrosa por la dificultad de su camuflaje. Emil, siempre Emil, me daba unos consejos que yo estimaba precisos para conseguir el objetivo que se pretendía.

-«Franz, tu colócate siempre en primera fila y a mi derecha, de esta forma todo saldrá bien».

Precisados a salir por la puerta grande para poder acceder a la cantera, él, consumado veterano, conocía al dedillo la fórmula repetida en cada ocasión y que los primeros de la columna nunca eran registrados.

Cada kommando, en estricta formación de cinco en cinco y ante la presencia del comandante Ziereis, y de su segundo, el capitán Bachmayer, nuestro kapo anunciaba el número de Häffling (deportados) que lo componían. Siempre con los gritos de «¡Schnell, schnell!» (¡rápido, rápido!) acompañados de los ladridos de los feroces perros, quienes éramos portadores de algún producto, además de la presteza debíamos evitar su deslizamiento pantalón abajo.

Parte 6 - Los Kapos Españoles 29
«Parachutiste». El camino más rapido para bajar a la cantera (Foto SS).

El pago por esta faena siempre era el mismo. Los kapos, gracias a lo sustraído se montaban, llegados al barracón sus comidas, desechando la asquerosa y habitual pitanza cuyos únicos componentes eran nabos y col hervidos que nos pasaban a nosotros. De esta forma,los receptores podíamos hacer partícipes de la bazofia a otros compañeros más desfavorecidos.

La peligrosa incursión escaleras abajo a la que nos prestábamos a instancia de los kapos para menguar el hambre costó muchas torturas a los realizantes cuando no la propia vida si eran sorprendidos con unas mercancías que ni siquiera les pertenecían. Los instigadores sabían con certeza que si éramos atrapados jamás les denunciaríamos. De hacerlo, su crueldad les permitía molernos a patadas y manejar la vara de buey con una dureza bestial a una muerte cantada.

Es preciso narrar hechos de tamaña crueldad porque pese a su aspecto negativo, a jugarte la vida en todo momento, tuvo su parte positiva para poder sobrevivir en Mauthausen.

Uno de nuestros mayores martirios, pese a la pérdida de nuestra sensibilidad por la barbarie que nos acosaba día a día, era ser testigos impotentes de lo que ocurría fuera de nuestra barraca de picapedreros, delante del monumental muro de granito.

La despiadada conducta de kapos y jovencísimos soldados de las SS. con los jóvenes recién llegados, todos peones, entre los que se encontraban españoles era difícil de comprender para cualquier mente sana.

Transcurrido más de medio siglo de lo que se fraguó en los campos de exterminio hitlerianos es difícil darlo a comprender a quienes no lo vieron con sus propios ojos. Tal cuadro parece más un suefl infernal que una realidad cierta.

Los novatos, los llegados en las últimas hornadas indicaban su arribo al campo por la alta numeración grabada en el triángulo, su nacionalidad y condición, por su todavía limpio «pijama» rayado y estimable aspecto físico.

Dedicado a la búsqueda, entre ellos, de algún conocido, tuve la satisfación de no hallar a ninguno de nuestro pueblo.

Al evidente atropello al que eran sometidos los recién llegado~ se aunaban circunstancias que aumentaban el infrahumano proceder , de sus verdugos. Sin cobijo momentáneo, lloviese, nevase o expuestos a las bajas temperaturas presentes, se les veía recoger sacos de papel vacíos para colocárselos entre la endeble tela del «traje a rayas», pecho y espalda sin que ello les evitase, en gran manera, el temblor de su cuerpo.

Entre los peones mayores, donde se encontraban muchos de nuestros compañeros ya más avezados al sufrimiento, se daban casos en los que vencidos por la desesperación abandonaban su cuerpo a la promiscuidad o eran desbordados por fuertes depresiones que, nunca tratadas, tenían mal final.

Parte 6 - Los Kapos Españoles 31
Vista de la cantera y la escalera (Foto SS).

Aunque era muy problemático por las condiciones imperantes, precisabas de una buena dosis de moral, procurar esforzarte en mantener un semblante que no reflejase tu estado de ánimo. Los de la raza aria odiaban a quienes daban pruebas de debilidad o llegaban a convertirse en lo que denominaban musulmanes, condición propia de quienes alcanzaban el último grado de agotamiento y a los cuales no les quedaba más que piel y huesos. Eran auténticos esqueletos vivientes que se daban cuenta de su situación, cuya vida se les escapaba lentamente o bien, al no ser productivos pasaban por el binomio cámara de gas-incinerador.

Quienes ya habíamos pasado por las barracas de la cuarentena conocíamos tales resultados. Aun así, ya integrados en la demencial actividad del campo, nos estremecíamos ante un espectáculo de tal índole. Estábamos convencidos de que el no abandonar con premura el duro kommando al que pertenecían equivalía a tener los días contados.

En nuestras conversaciones buscábamos de aplicar consignas que ayudaran a nuestra supervivencia, una de ellas tendente a graduar nuestro esfuerzo físico, casi imposible de realizar ante la brutalidad manifiesta de quienes nos dirigían.

Trabajar con la vista más que con los brazos era pura utopía en el contexto del campo, dando ocasión a despertar los instintos sanguinarios de la mayoría de nuestros vigilantes. A lo más que se podía llegar, con suerte, era a manejar la pala a un ritmo sostenido a quien le cupiese tal menester, hurtando algo de peso a su contenido, ayudarnos mutuamente en la carga de las vagonetas si se trataba de bloques de granito de peso excesivo, gestos necesarios en alguna ocasión, pero que sólo podían realizar burlando un tanto la fiscalización de kapos y SS.

Graduar las fuerzas en una jornada de 12 horas con la salvedad de media hora para la comida era, al menos intentarlo, perentorio, dado que al dejar de mano debías tragarte los 186 peldaños de la fatídica escalera con un bloque de granito en la silleta de la espalda cuyo peso . estaba al albedrío del kapo controlante, ascenso aderezado con algún que otro varetazo. En este sentido, jamás bendeciré lo suficiente la suerte que me cupo al tener como kapo al bondadoso vienes que, además de proporcionarme comida alivió en gran manera la pieza granítica que me asignaba.

Quienes se libraban de subir el pedrusco les correspondía otra carga más macabra. Debían subir los cuerpos de los camaradas asesinados en la gran cantera y que lo eran a diario.

Hacerlo no representaba ningún sobreesfuerzo. Nuestros compañeros inmolados, raramente superaban la báscula de las piedras Se trataba, en la mayoría de los casos, de esqueléticas anatomías que hacían increíble imaginar que aquello había sido un ser humano exterminado por sus propios congéneres.

Retornados después de la jornada a la barraca 13, hoy no me es posible precisar el tiempo exacto que conviví con mi paisano, con el maenífico camarada de cautiverio Agustín Miralles Domènech.

Al retorno de la cantera, engullida con premura la cena, siempre la misma, tumbados en nuestro camastro, pese al cansancio, Agustín y yo manteníamos conversaciones cuyo fundamento era nuestra familia, el pueblo y la lucha de la que habíamos sido partícipes en nuestra amada patria.

Evitar un prematuro hundimiento moral era el objetivo prioritario. A nuestro estado físico procurabas no añadirle otro factor del que, a lo largo de nuestro internamiento nos dábamos cuenta de las consecuencias que aportaba. Sabedores de ello, Agustín y yo, a pesar de la situación en que nos encontrábamos, de la añoranza que sentíamos, nos dábamos cuenta de que rememorar el pasado, hablar de los nuestros nos proporcionaba un bálsamo de esperanza.

A los más jóvenes, entre los que me encontraba, quizas dominados por un halo de natural inconsciencia, nos permitía soportar mejor la situación y la ausencia de los seres amados.

Quienes como mi buen camarada tuvieron que abandonar a su esposa y a una hijita sin apenas haberla conocido, sufrían un trauma que podía dar paso a un estado crítico. Para evitarlo, procurábamos que en nuestras conversaciones se tocasen temas diversos, alusiones a otros recuerdos que formaban parte de nuestro anecdotario y ¡cómo no! soñar con un pronto regreso a nuestro querido pueblo y componer con sus productos naturales suculentos platos que compensaría la tenaz hambre que estábamos sufriendo. Paellas, suquets, guisos caseros elaborados por las primorosas manos de madres y esposas.

Hablar de ello, tema inevitable en el infierno de Mauthausen, salía a colación constantemente. Sí el coloquio tomaba otro derrotero, derivaba en la familia, la conversación no me impedía ver asomar a los ojos de Agustín una furtiva lagrima que el trataba de disimular en la semioscuridad del Stube poniendo en duda si llegaría a ver de nuevo a su esposa y pequeña de las que tantos kilómetros le separaban.

Mi recordado compañero no falleció por esta circunstancia que, ciertamente, nos afectaba a todos en detrimento de la moral. Evoco a Agustín como si lo tuviera delante. Llega a Mauthausen unos cinco meses antes que yo, hombre esbelto, físicamente fuerte, estaba forjado por los duros trabajos realizados en su pueblo natal.

El bárbaro quehacer diario impuesto en la cantera y los diferentes kommandos, los golpes de vara de los kapos, eran, ya de por sí, elementos suficientes para hundir a cualquiera, pero nuestro peor enemigo era el hambre atroz que nos atenazaba.

La corpulencia de mi camarada requería una mayor aportación de calorías que mitigasen un tanto las inhumanas jornadas de trabajo imperantes. El litro de «kafe» a nuestro despertar -a las seis o antes de la madrugada-, la comida esperada con ansia durante las seis horas de rudo trabajo, pura bazofia hervida que devorábamos con presteza, más apta para cerdos, y nuestra «cena», al anochecer en verano y noche cerrada en invierno, compuesta de un mendrugo de pan negro, un trozo de salchichón y unos gramos de margarina, máximo dispendio de la economia nazi destinada a los campos de exterminio, estimada en mil calorías, si insuficientes para personas de contextura normal, más exiguas para nuestro paisano.

Del resto de mis camaradas escribiré llegado el momento.

El Sol se extinguió en Mauthausen (Vinarocenses en el infierno nazi) – Francisco Batiste Baila

Inmaculada Montes

https://malaga1937.es/

Enamorada de Málaga. Periodista por la Universidad de Málaga. Redactora digital para diferentes medios y revistas. Me encanta el arte, la cultura y el cine. Escribo sobre actualidad y noticias de último hora. Te mantenemos al día.

Noticias relacionadas