Parte 5 – La entrada en Mauthausen

 Parte 5 – La entrada en Mauthausen

Finalizado el recorrido del tren de la muerte, quienes habíamos ocupado los abigarrados vagones, unos mil, íntegramente españoles, desconocíamos lo que era un campo de exterminio sin imaginar siquiera que sería la tumba de la mayoría de nuestros compatriotas.

Mauthausen, el propio campo situado en lo alto de una colina a unos seis kilómetros de la población del mismo nombre, precisó para su acceso, cruzar el poblado en absoluto silencio para no turbar el sueño de sus habitantes. La subida se hizo por un tortuoso y estrecho sendero cubierto de nieve endurecida por el paso de un anterior transporte.

A ambos lados de la columna éramos flanqueados por una nutrida guarnición sujetando feroces perros. Fanáticos jóvenes de la SS. se encargaban de levantarnos del suelo resbaladizo a culatazos en caso de caída, pisándonos las manos al intentar coger un puñado de nieve que apagara nuestra tenaz sed, pese al intenso frío reinante. Cerrando la marcha del triste cortejo iban dos camiones que no dudaban en atropellarte si, imposibilitado de seguir, te cruzabas en su camino.

A pesar de la corta distancia desde la estación al campo, su recorrido se nos hizo interminable pese a ser obligados a mantener una marcha forzada acuciados por la prisa de nuestros guardianes en llegar a su acantonamiento.

Inesperadamente, después de un último viraje, aparecen a nuestra vista unos altos muros de piedra gris y una enorme puerta, fijándose nuestros asombrados ojos en una grandiosa águila que la corona sujetando con sus garras la cruz gamada. Una verdadera fortaleza que iba a ser nuestra morada hasta la liberación. Tras el aluciiiante y mortífero viaje, traspasado el umbral, contemplando el siniestro recinto con sus miradores de centinelas armados de ametralladoras y reflectores alumbrando toda su amplitud, no pudimos evitar una comparación con los que ya habíamos conocido en territorio francés y la Alemania nazi. A simple vista, la diferencia negativa resultaba evidente.

Pese a estar en plena guerra nos llamó la atención su luminosidad, comprensible, hasta cierto punto puesto que no habían comenzado todavía las masificadas incursiones aéreas de los aliados urgía terminar el campo en obras que había de recibir a miles y miles de internados.

Vista su amplia superficie, se apreciaban en su parte izquierda cinco barracones de madera perfectamente alineados que, con otras cuatro filas de igual número, componían los 25 destinados a nuestro «albergue», y que se triplicarían con la llegada masiva de esclavos.

A la derecha se hallaban tres grandes edificios de piedra gris idéntica a los muros del campo. Ignorábamos a que debían estar destinados puesto que el aposento de los SS., todos de madera, estaban fuera del campo y, los altos mandos, entre ellos los sanguinarios comandantes Ziereis y Bachmayer, residían en lujosos chalets.

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Guarnición del Campo (Foto SS).

Prontamente pudimos enterarnos de la finalidad de las sólidas construcciones. La primera contenía en su sótano las iniciales duchas a las que más tarde se añadió una cámara de gas. En otro, las calderas para la desinfección de las ropas. El tercero, el más tétrico, contenía dos hornos crematorios -en ellos fueron incinerados los desgraciados fallecidos en su último viaje- provistos de una alta chimenea que vomitaba humo, llamas y un olor nauseabundo. Imaginando que tales instalaciones estaban destinadas a la calefacción de los barracones, jamás hubiéramos supuesto que las llamas surgentes eran provocadas por la combustión de cuerpos humanos asesinados en el campo exterminador.

Ya instalados en su recinto, en una explanada de unos doscientos metros de largo y unos cincuenta de ancho (La Appel Platz) sobre una espesa capa de nieve, en formación de cinco para facilitar el recuento, con los camaradas muertos a nuestro lado, la operación se eternizaba a la vez que la brutalidad aumentaba, no únicamente por parte del comité de «recepción», los mandos SS., sino también y con mayor saña, por obra de otros hombres que con uniforme de rayado vertical -rayas azul y blanco y cabeza rapada- , los kapos, iban a ser nuestros más encarnizados verdugos.

Entrando en acción, vara de buey en sus manos, repartiendo patadas y puñetazos a mansalva, su bestialidad superó, con creces, a la de los SS. Sus vociferaciones, la amenaza de que la única salida del campo era convertido en humo, infundió en todos nosotros un miedo que sería ilógico negar.

La toma del poder en Alemania del canciller Adolf Hitler y su régimen de represión hizo que no se tardase en construir campos de concentración que, en un principio, se llamaron de reeducacion, como los de Dachau, Oranienbourg o Sachenhausen.

Los primeros internados en ellos, los propios alemanes políticos antinazis, sindicalistas, judíos y gitanos, disminuidos físicos y mentales, pero también presos de derecho común, destacando entre éstos grandes criminales que en aquellos momentos purgaban largas condenas.

Durante la Segunda Guerra Mundial, con la llegada masiva de deportados, fue precisa la construcción de otros campos para acogerlos, emplazados en Alemania y la recientemente ocupada Polonia. Con la anexión de Austria en 1938, el Tercer Reich inició, entre Linz y Salzburgo, cerca de la población de Mauthausen, un enorme campo que tomó este nombre, en un principio para detenidos austriacos.

Con la llegada de los deportados españoles el mes de agosto de 1940, procedentes de los Stalags, el alto mando SS. no tardó en darse cuenta de que dentro del colectivo había una inmensa riqueza basada en mano de obra especializada para todo tipo de actividades, sobremanera, para la explotación de canteras de granito existentes en el propio campo.

Para encuadrar esta inmensa masa de trabajadores se precisaron centenares de «capataces». No fue tarea difícil; el alto mando nazi tenía entre los detenidos de derecho común a destacados criminales que se convertirían en sus lacayos para llevar a cabo la función que se les iba a asignar. Así afluyeron a Mauthausen un gran grupo de ellos formados en los iniciales campos. De esta forma nacieron los kapos, los mayores asesinos del régimen concentracionario nazi.

Su organización, casi idéntica a la de los SS., les daba derecho de vida y muerte sobre los deportados, permitiendo a los más sanguinarios un grado superior y ser nombrados «Oberkapo» (cabo superior), «Blockältester» (jefes de b1ok) y en el más alto rango «Lagerältester> (jefe de campo). Todos ellos obedecían ciegamente las órdenes de los «Blockfürer» SS. Eran los kapos que cada madrugada se encargaban de despertarnos a latigazos al sonar una campana a la hora que le placía al «Lagerkommandant» SS., dando inicio, de esta forma, a la jornada.

Bien en verano o durante el invierno, sobre un manto de nieve, intenso frío o bajo la lluvia, la obligada formación correspondiente a cada barraca, a la espera de los responsables SS., los kapos nos hacían descubrir la rapada cabeza cubierta con el «Mützen» (gorra) tantas veces como se les antojaba, haciéndola repetir si estimaban que no resultaba rápida y conjuntada. El saludo «Mützen ab» era obligatorio al paso de cualquier oficial o miembro de la SS. Llegados los «Blockführer» empezaba el recuento de los deportados de cada barraca, incluyendo el número de nuestros camaradas muertos durante la noche a los que colocábamos en el suelo, a nuestro lado.

Las formaciones diarias no tenían una duración concreta; a veces se eternizaban, viéndonos precisados a sostener en pie a nuestros compañeros desfallecidos. Un derrumbe, una caída al suelo desencadenaba el furor de los verdugos que intentaban levantarlos a latigazos. De ser considerados ineptos para el trabajo, incapaces de formar parte de un kommando, su destino, invariablemente, siempre era el mismo, la cámara de gas. Los kapos y sus correligionarios «triángulos verdes» no necesitaban de la asquerosa y cotidiana ración de nabos y col, ingredientes exclusivos del hervido; su aspecto físico así lo demostraba. Quienes mandaban en las cocinas, la intendencia, los que descargaban los vagones de avituallamiento en la estación de Mauthausen u otros grupos de trabajos exteriores, tenían alguna posibilidad de apropiarse de mantequilla, patatas, carne o algún género destinado a los SS.

Los kapos, en su cobardía, necesitaban la colaboración de sus trabajadores para introducir clandestinamente lo robado al campo o bajarlo a la cantera, sabiendo que con frecuencia, al regreso de los kommandos, los SS. registraban inopinadamente a algunos grupos según su procedencia. Aunque algunas sustracciones se hacían con la complicidad de los portadores de la calavera, los deportados sabíamos que si era detenido, éste jamás denunciaría al destinatario. De hacerlo, el castigo que le sería aplicado por el mando nazi variaría de los 25 tradicionales golpes de schlage (latigazos) a la horca, según el valor de lo robado. Eliminada esta última posibilidad, ya dentro del campo serían apaleados hasta la muerte por los otros kapos.

Con los productos del robo, ya en el interior de las barracas y en su imperio de la cantera, se podían confeccionar «suculentas» comidas y recompensar a sus «vasallos» con una gamella de repugnantes nabos. Otro acto despreciable se daba llegada la hora de la cena que siempre consistía en lo mismo: un pan repartido entre cuatro, unos gramos de margarina, una cucharadita de mermelada y un trozo de salchichón el cual jamás supimos de qué estaba compuesto, acompañado todo ello de un caldo caliente que sabía a avena hervida.

Ración manifiestamente mínima y que, de ninguna manera podía calmar nuestra tenaz hambre, pero quizás más consistente en calorías. Al consumirla rápidamente nos dejaba la misma sensacion de hambrientos. Era cuando los kapos, sin ninguna conciencia humana, fijandose en los más famélicos, los que eran ya cadáveres ambulantes, les proponían el intercambio de la ración de salchichón y minúscula porción de margarina por dos, a veces tres litros de caldo y nabos hervidos, complaciendo a quienes, llenando sus estómagos de bazofia no se daban cuenta de que aceleraban el paso hacia el agotamiento físico.

Narrar con exactitud el comportamiento en general de los criminales que disponían de nuestras vidas sería explicar un sinfín de atrocidades cometidas por ellos difíciles de imaginar y que podían variar según los grupos de trabajo que la «suerte» te deparaba, unos peores que los otros. Me es posible hacer una excepción en su comportamiento de uno de ellos destinado al pequeño grupo Steinmetz (picapedreiros) de la cantera de Mauthausen, quien nos dijo llamarse Emil. Este bondadoso austríaco llevaba, al igual que sus congéneres, cosido en el uniforme el triángulo verde de los criminales de derecho común y jamás dio a los integrantes de nuestro grupo un latigazo, simulando su cólera repartiendo gorrazos o amago de patadas. Su humana conducta hizo que a la liberación se librase del justo pago consecuente del criminal proceder de otros que sí fueron ajusticiados.

Recién llegados al campo de Mauthausen nos encontramos con un mundo que se nos antojó diferente. Aparte de nuestros guardianes SS, fuimos recibidos por unos seres vestidos con una especie de pijama a rayas azules y blancas. Muchos de ellos manifestaban una afabilidad en la que se percibía cierta dosis de compasión. Estábamos ante deportados al gran campo, entrados antes que nosotros, los «veteranos». Otros, vestidos como ellos pero físicamente fuertes, llevaban cosido en una manga de la chaqueta un distintivo con la palabra kapo, armados de una vara reforzada por un cable metálico y estaban a las órdenes de los SS.

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«Comité de recpción» a la llegada de nuevos convoyes (Foto SS).

Los oficiales SS., siempre acompañados por feroces perros, nos insultaban vomitando sin cesar palabras en su idioma que, con el transcurso del tiempo, llegamos a comprender en todo su significado. Las más usuales eran: terroristas, comunistas y, sobremanera, ¡krematorium!, primer nombre que por su protagonismo comprendimos del alemán.

Dada la orden de desnudarnos completamente, se nos despojó de nuestra documentación, objetos de valor y de lo más traumático, de las fotografías de nuestros seres amados, precipitándonos seguidamente por una escalera que conducía a una gran sala bien iluminada en la que hombres vestidos de blanco nos esperaban tras unas mesas. Eran médicos SS., que con algún especialista deportado, nos sometían a un severo interrogatorio sobre nuestros antecedentes sanitarios, incidiendo sobre secuelas de enfermedades contagiosas en cuyo caso, el portador era «seleccionado» para pasar directamente a la cámara de gas.

Tras el interrogatorio, a empujones pasamos a otra sala de paredes revestidas de blanco mosaico; estábamos ante las duchas. Allí, afeitados de la cabeza a los pies, fuimos desinfectados por medio de un gran pincel impregnado de una especie de petróleo y colocados bajo las duchas recibiendo el agua con una temperatura alternante, bien casi glacial o demasiado caliente, aprovechando la ocasión, un momento, para apagar la sed acumulada durante el infernal viaje.

Limpios ya, despojados de todo, recibimos lo que iba s ser nuestro traje hasta la llegada de las liberadoras fuerzas del III ejército americano del general George S. Patton, vestimenta a la que se agregaron unas chancletas de madera como único calzado. A partir de este momento dejábamos de ser considerados seres humanos. Anulada nuestra personalidad, en lo sucesivo íbamos a ser identificados por el triángulo -azul para los españoles- y el número de entrada en el campo grabado en él, al que por necesidad recurríamos ante SS. y kapos pronunciando en alemán el Häftling -4124 por mi parte- y pedir lo que se deseaba, tarea no fácil al principio.

La primera noche en el campo fue alucinante para los republicanos españoles recién llegados. La visión dantesca del grandísimo complejo concentracionario, los potentes reflectores oteando sin cesar el campo y en lo alto de las torretas de las murallas los guardianes, apuntando sus ametralladoras sobre los deportados, fueron la causa de ello.

Con la brutalidad característica de los kapos fuimos dirigidos a las barracas, rodeadas de alambradas electrificadas. Era el preámbulo de nuestro pase a la cuarentena.

Cuanto antecede era el prólogo de cinco años de degradación, tortura y asesinatos en el terrorífico Mauthausen, emplazado en la confluencia de los ríos Enns y Danubio, construido antes del inicio la Segunda Guerra Mundial, en concreto, el año 1938 y que pasó a ser conocido con el nombre del bello y tranquilo pueblo, casi ignorado ha entonces en la historia de Austria, situado a 170 kms. de Viena y unos 22 de la importante ciudad de Linz.

Creados los kommandos de trabajo, cada deportado ya en su grupo, al mando del kapo que le correspondía, fuese el Bizco, el Negus, el Tatuado o el Gitano, bajo la autoridad del SS. de servicio nominado Otto, Fritz o Walter, en impecable formación de cinco en cinco para efectuar un nuevo recuento, salíamos por la puerta grande camino de la cantera o destinados a otros trabajos exteriores sin olvidar el ¡Mützen ab! para saludar a toda la cúpula nazi presente.

Los trabajos de la cantera, con razón los más temidos, realizados en su mayoría por simples peones, eran quienes ponían a prueba su resistencia física cargando vagonetas de pesados bloques de granito y tirando de ellas cual bueyes de labor hasta el «Molino».

Otros grupos especializados, mineros, herreros y trabajador de la piedra, estaban en el infierno de la cantera más favorecidos pudiendo resistir en ella los largos años de la deportación. Al evocar la trágica etapa mi recuerdo va dirigido a mis amigos y compañeros de tortura Payet, Lliso y Sanz -catalanes- el último de Tortosa, el canario Mata, el astur Cruz, el valenciano Gascón, así como a nuestro paisano y benefactor Juan Serralta, todos ellos supervivientes del holocausto, fallecidos en libertad.

La amistad es un preciado don que se manifiesta en situaciones extremas. La misma fue un factor primordial en Mauthausen aunque desgraciadamente, pudo valerse de ella en contadas ocasiones por ser contraria a la doctrina impuesta.

Aparte de la «Wiener-Graben», firma industrial que explotaba las canteras de Mauthausen y Gusen, otros 67 kommandos -si la memoria no me es infiel- salían cada día del campo central, los unos para trabajos en industrias de pueblos cercanos, otros a muchos kilómetros de distancia, siendo la estructuración de todos ellos semejante a una tela de araña que cubría todo el territorio austríaco anexionado por el Tercer Reich.

Analizar los asesinatos tras largas torturas es una tarea imposible. Se estima, según consta en los archivos de Mauthausen, que en toda la geografía austríaca superaron los 180.000. Más mortíferos unos que los otros como el de Gusen, así como los de Melk y Ebensee, que construyeron sus propios hornos para incineración de las víctimas. Los cuerpos de los masacrados en otros campos «regresaban» a Mauthausen donde los dos potentes hornos crematorios estaban funcionando sin pausa.

Nuestros deportados «enchufados» en los servicios administrativos, clandestinamente, sabiendo el peligro al que se exponían, nos advertían que a ser posible, evitásemos o no fuéramos voluntarios a los campos donde el holocausto era más manifiesto como los de Steyr compuesto únicamente por españoles y el de Loibl Pass, éste situado en la frontera austro-yugoeslava. Los camiones cargados de camaradas muertos, accidentados o disminuidos físicos por agotamiento que llegaban al campo central constantemente eran, tras pasar a los vivos por la cámara de gas, convertidos en humo y cenizas.

Al kommando de Loibl Pass le estaba asignada la construcción de un túnel en los montes de Karawanken para facilitar el paso de la frontera austro-yugoslava, proyecto de medio siglo atrás y que Hitler durante la Segunda Guerra Mundial hizo suyo para sus planes estratégicos.

En 1943 un importante grupo compuesto en su mayoría por franceses, algunos españoles y de otras nacionalidades tomó rumbo hacia el objetivo trazado ubicado en una zona donde los montes cercanos eran la guarida de los maquis de Tito, lo que facilitó durante las obras, la evasión de algunos deportados hacia Yugoslavia.

Loibl Pass se liberó por la acción de sus propios componentes. El proyecto del criminal comandante, visto más tarde el desarrollo negativo de la contienda, era introducirlos a todos dentro del túnel y proceder a la voladura de su boca dejando en su interior a las víctimas de su diabólica idea. La rebelión, alentada por la proximidad de los guerrilleros desbarató la «genialidad» del teutón.

Hoy, el túnel es moderno paso entre los dos países, muy usado para acceder a las estaciones de esquí de los montes Karawanken. En el mismo emplazamiento de los sucios barracones del campo para «alojar» a los deportados, se hospedan turistas dispuestos a disfrutar de las nevadas pistas y lujosos hoteles.

Centenares de familias del trágico kommando peregrinan al lugar para perpetuar la memoria de sus seres queridos asesinados. En la entrada del túnel una placa perpetúa su memoria.

re los peones se estimaba de seis a doce meses.

Evitar a los más crueles, a los que no disimulaban su odio hacia los Roten Spanier, era nuestra mayor preocupación. Desconocíamos su verdadero nombre, pero los españoles, siempre imaginativos, deseosos de no formar parte de los kommandos bajo mando de los más brutales los bautizamos con nombres que los identificaban. «El Bizco», «El Negus», «El Cerdo», «El Cojo», «Manos de Hierro», «El Gitano». Todos nosotros, sin excepción, procurábamos evitar a quienes más gozaban con sus torturas y, en la cantera, al mayor criminal de ellos, el «Oberkapo» que apodamos «Charimba» y al «Lagerältester» al que por su corpulencia designábamos como «King Kong«.

Una vez dado el parte al oficial SS. con el nombre de vivos y muertos, se procedía a la formación de los kommandos de la cantera y grupos exteriores. Según simpatía hacia los internados de distintas nacionalidades, a muchos de ellos se les destinaba a los considerados más mortíferos por cuya razón, más de 3.000 republicanos españoles fueron asesinados en menos de un año en el terrorífico y sangrien Gusen.

Al anochecer, finalizado nuestro trabajo, nueva formación y recuento de muertos a descontar de los efectivos para el día siguiente. Las interminable formaciones, después de la extenuante labor de la cantera, era una constante más para rebajar nuestra moral y resistencia física.

El conjunto de kapos y jefes del blok del campo vivia en completa armonía como no podía ser de otra forma al tratarse de grandes criminales. En toda su extensión y la cantera tenían establecido su imperio y en los barracones, un Stube (habitación) particular con estufa, camas con sábanas y sus Stubedienst (servidores para todos los usos, siempre escogidos entre los más jóvenes). No resistirse a sus exigencias era librarles periódicamente de los mortales trabajos de los kommandos. La homosexualidad de los Kapos precisaba cambios. En un Stube aparte, aglutinados más de un centenar de deportados, combatíamos la promiscuidad …

Los barracones, además de los dos grandes «dormitorios» y la sala especial para el kapo, jefe de barraca y el Schreiber (secretario) comprendían el «aseo», unos cuantos W.C. y conjunto de tubos horizontales alimentados con agua corriente y una docena de grifos sobre los llamados «lavabos». Jamás vimos jabón alguno, lavándonos exclusivamente con agua que no nos permitía eliminar nuestra suciedad ni evitar las incursiones de los parásitos, pero lo más cruel era la escasez de las «toallas» y sólo los primeros podían secar parte de su cuerpo.

El Sol se extinguió en Mauthausen (Vinarocenses en el infierno nazi) - Francisco Batiste Baila

Inmaculada Montes

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Enamorada de Málaga. Periodista por la Universidad de Málaga. Redactora digital para diferentes medios y revistas. Me encanta el arte, la cultura y el cine. Escribo sobre actualidad y noticias de último hora. Te mantenemos al día.

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