Parte 4 – Estalla la Segunda Guerra Mundial

 Parte 4 – Estalla la Segunda Guerra Mundial

El tiempo pasado en los campos de concentración franceses fue para los republicanos españoles muy difícil de vivir. Transcurridos más de ocho meses de internamiento, no vislumbrábamos la esperanza de una existencia mejor que pudiera aliviar la realidad de nuestra situación.

En el horizonte, nuestra vista únicamente abarcaba grandes espacios de arena y la inmensidad del mar. No muy lejos, la barrera de los Pirineos que nos separaba de nuestra amada patria donde siempre estaba fija la mirada desde un lugar de tristeza, entre un mundo que nos forzó al exilio y otro que no nos aceptaba.

Salir, abandonar los malditos campos era una obsesion pese a que en el transcurso de los interminables meses pudimos organizarnos, establecer contactos culturales y aunar esfuerzos a la espera de conseguir, por fin, la ansiada libertad. La incertidumbre de nuestro regreso a España, no poder conseguir un contrato de trabajo o una problemática emigración a cualquier país de habla hispana, limitaba nuestra opción a salir del campo, a aceptar las reiteradas «ofertas»: Legión Extranjera, Batallones de Marcha o Compañías de Trabajadores Militares.

El 2 de septiembre de 1939, coincidente con la movilización general para los frentes de guerra, dio inicio la campaña de la vendimia. En el departamento de Hérault, lugar de asentamiento del campo, zona eminentemente vitivinícola se precisaban fuertes contingentes humanos para salvar la abundante cosecha de uva de aquel año. En el campo de concentración hallaron los brazos suficientes para las labores agrícolas.

Después del tiempo de reclusión en el duro campo de Argelés sur Mer, poder formar parte de un grupo de vendimiadores representaba gozar de un semblante de libertad del que habíamos carecido hasta entonces, favorecido por el contacto con la población francesa.

La primeriza frialdad con la que fuimos acogidos por el aspecto que ofrecíamos dio paso a una confraternización que iba en aumento según nos trataban, aunque nosotros no podíamos olvidar el trato recibido tras el cruce de la frontera.

Con nuestro trabajo y comportamiento, aderezado con el clásico humor de los españoles, fuimos ganando afectos lo que nos permitía pasear libremente por el pueblo. Estábamos prácticamente «libres». Residiendo en las mismas propiedades de nuestra ocupacion o en algún hangar, durmiendo en la paja y bajo el liviano control de la gendarmería, pudimos mejorar nuestro aspecto físico. El salario diario que percibíamos, cinco francos, de los que se descontaban tres en concepto de alimentación, nos permitía con el resto, adquirir lo más necesario.

Una fugaz esperanza nos invadió. A causa de la guerra se precisaban hombres para todo tipo de trabajos en el campo. Cabía la posibilidad de que tras la campaña de la vendimia siguiéramos empleados en la propia explotación de la uva, dando así fin a nuestro régimen concentracionario. Era algo factible, pero en el fondo ignorábamos lo que nos reservaban los gobernantes franceses.

El último día, ni uno más, no tardaron los camiones galos fuertemente escoltados en hacernos volver a la cruda realidad. «Recuperados», suponíamos íbamos a regresar al campo de Agde, pero nuestra decepción fue tremenda al comprobar que el futuro «alojamiento» iba a ser el para mí desconocido Saint Cyprién.

Saint Cyprién, nombre del último campo de concentracion francés desde mi paso por la frontera, idéntico al de Argelés sur Mer, me demostró que las miserias, humillaciones e inacción forzada eran una prolongación de las sufridas en los antecesores campos de internamiento.

Iniciada la ofensiva del ejército nazi, el imparable avance de las divisiones blindadas propició que en todos los campos se creasen la C.T.E. -Compagnies de Travailleurs Espagnols- y los famosos y legendarios R.M.V.E. -Regimientos Militares de Voluntarios Españoles-. En sólo el campo de Barcares, diez mil compatriot formaron los 21, 22 y 23 regimientos de Marcha, prefiriendo entrar en combate contra el fascismo antes que seguir con la condición de refugiado, rodeado de alambradas y soportando unas condiciones indignas. Sacudirnos de una vez por siempre los lugares donde la tónica general era el avasallamiento fue un logro que dio, al menos, más dignidad a nuestras vidas.

¿Qué podíamos hacer? Nuestro dilema era regresar a nuestra patria desconociendo la reacción de quienes habían ganado la guerra, alistarnos militarmente en defensa de una causa de quienes hasta entonces nos habían menospreciado o seguir viviendo en unas condiciones marcadas por la decadencia humana. Ante tales premisas, al igual que miles de nuestros ciudadanos opté por alistarme en una C.T.E., la 114 Compagnie. A tal efecto, debo precisar que el ingreso era voluntario, pasando más tarde, si era preciso, a completarlas con cupos de otros refugiados.

Unas bajo el mando de oficiales del ejército francés y otras dependientes de la gendarmería, ignorantes de cuál iba a ser nuestro destino a partir de entonces, no tardamos mucho en saber la misión que se nos asignaba. Las más afortunadas, destinadas a centros industriales, la mayoría, entre ellas la 114, bajo disciplina militar fueron trasladadas al frente de combate.

Antes de la partida, ya en el propio campo, nos sorprendió la diferencia de trato que se nos daba respecto a quienes iban a permanecer todavía internados, así como el significativo equipo que se nos entregaba. Los primeros fríos se dejaban senti~ Ya que discurría el mes de noviembre de 1939 y a tal efecto se nos proveyó de antiguos capotes y abrigos, además de buenos calzados del ejército francés.

Sobre camiones, al completo, nuestro destino fue el departamento de la Lorena, exactamente en las cercanías de la Linea Maginot, punto más avanzado del frente. Dedicados a la construcción de una potente fortificación anti?tanques, compartíamos los mismos peligros que la infantería gala. Afortunadamente, antes de la gran ofensiva alemana, durante los meses de mayo y junio en que se llevó a cabo, los frentes del Norte y Este de Francia estaban estabilizados; tan sólo algún duelo de artillería y bombardeos aéreos producían alguna baja.

No fue así durante los dos citados meses en los que los poderosos ejércitos teutónicos, con sus panzerdivisiones, atacando por otros sectores, rompieron todas las líneas invadiendo en pocos días parte del país. El frente donde nos hallábamos posicionados, bajo la protección de la Maginot, no sufrió ningún ataque frontal, pero miles y miles de soldados aliados, entre ellos varias compañías de C.T.E. quedaron atrapados en una enorme bolsa. La forzosa retirada con el único objetivo de quebrantar el cerco no fue posible.

Recorriendo cerca de doscientos kilómetros bajo el intenso bombardeo de la aviación, resultó vano el intento de alcanzar la zona todavía no ocupada y salvar el material que estaba en nuestras manos. Habiendo establecido las divisiones alemanas una línea de demarcación y después de un mortífero y desigual combate fuimos hechos prisioneros en la región de los Vosges, en la ciudad de Epinal el día 22 de junio de 1940.

Otras compañías de españoles tuvieron el mismo destino en los frentes desde las Ardenas a Dunquerque. Sólo la Historia podría decir cuantos de los nuestros dejaron sus vidas en aquellas circunstancias antes de que el llamamiento del 18 de junio de 1940 del general de Gaulle creara los Movimientos de Resistencia a los que miles de españoles contribuyeron con su vida.

Con la ocupación de gran parte del territorio francés por el potente ejército alemán, la firma del forzado armisticio y la formación de un gobierno colaboracionista con el mariscal Petain como jefe del estado y con total connivencia con la policía política germana -la Gestapo- y parte de las milicias francesas, los inmensos campos de concentración que nos habían «acogido» hasta entonces se fueron vaciando.

Perdido su protagonismo inicial, los vergonzantes lugares las playas del Rosellón, dieron paso a la utilización de otros de menor envergadura, pero mejor estructura que vieron entrar a ciudadanos de diversas nacionalidades.

Los de más limitada capacidad: Gurs, Agde, Le Vernet o Setfonds, estallada la Segunda Guerra Mundial, sirvieron de «albergue» a belgas, holandeses, judíos polacos que, de forma idéntica a los españoles, en febrero de 1939, abandonaban su patria buscando refugio en una nación amiga, sufriendo durante toda la ocupación nazi el mismo trato y degradación que nosotros, y con protagonistas diferentes, también habíamos soportado en los tristemente famosos centros concentracionarios. No aceptar la opresión de su país o simplemente ser objeto de segregación por la raza superior teutónica, les valió ser considerados, aún en la propia Francia, personas «non gratas» y ser internados en los crueles campos. En la cronología del exilio de los republicanos españoles, antes de ser conocida la barbarie de Mauthausen, afloró, según testigos presenciales, el brutal trato dado a los internados en el campo de Gurs.

En plena conflagración, junto a españoles y franceses catalogados como terroristas, fueron ingresados combatientes de las brigadas internacionales partícipes de nuestra guerra civil que sufrieron suerte diversa. Los más afortunados, después de difíciles negociaciones de sus respectivas embajadas, pudieron retornar a sus hogares. Los pertenecientes a países bajo dominio alemán sólo tuvieron dos alternativas: permanecer en cautividad sufriendo torturas hasta la extenuación o pasar por el expeditivo pelotón de ejecución.


La totalidad de los españoles atrapados en la bolsa de la Wehrmacht y los posteriores detenidos por los colaboracionistas franceses, íbamos a ver desaparecer nuestro título de refugiado político, garante, al menos, de alguna protección y derecho al amparo de la Convención Internacional, para ya, en las garras de la Gestapo y la SS., perder nombre, personalidad y el orgullo de ser español.

A raíz de nuestro ingreso en el campo de exterminio pasamos a ser considerados «apátridas», sintetizado ello en el triángulo que diferenciaba a los «Roten Spanier» (rojos españoles) del resto de los deportados en los campos nazis de la muerte, que también lo llevaban cosido al uniforme, pero de color rojo.

Durante 26 años mantuve el estatuto de refugiado y apátrida, único documento que nos identificaba y así permanecí hasta que establecida la democracia en España pude regresar a mi amado país con todos mis derechos ciudadanos.

Aludir a ello tiene como objetivo honrar la memoria de mis camaradas que, en identica situación, no pudieron sobrevivir al terror y tortura de quienes fueron sus verdugos durante años y no les permitieron el gozo de volver a pisar suelo patrio.

El 18 de junio de 1940, las potentes divisiones de «Panzer» -tanques del general Guderian- completan el cerco de la línea Maginot.

La considerada invulnerable barrera, cuyo nombre se debe al iniciador de su construcción, André Maginot, ministro de la guerra francés de 1924 a 1931, dio comienzo el año 1927. Se trataba de una serie de fortificaciones, subterráneas en su mayoría, extendidas a lo largo de la frontera franco-germana.

Para su creador, combatiente en la Primera Guerra Mundial, la obra era casi técnicamente inexpugnable por medio de las armas existentes por entonces, pero en 1940 los ejércitos alemanes, dueños de los revolucionarios blindados, los stulcas de bombardeo en picado y su concepto de la guerra moderna se encargaron de derrumbar esta creencia. Zanjas antitanque, campos minados, casamatas de acero y cemento y sus galerías de varios pisos con alojamiento para sus defensores, hospitales, depósitos de municiones y su poderoso armamento no surtieron el efecto esperado.

Aunque entonces pareciese anticuada, su fracaso en la defensa de Francia se debió a la táctica de los tanques de Guderian que, sin atacarla de frente, la envolvieron forzando a numerosos regimientos franceses y del cuerpo expedicionario inglés a abandonarla, dejando en manos de los nazis, miles y miles de prisioneros aliados y entre ellos unos diez mil españoles. Estar en poder de los alemanes, imaginando siempre lo peor, nuestra angustia, quizás miedo, era inevitable, pero para el ejército alemán, éramos prisioneros de guerra, sin otra diferencia respecto a los demás que el uniforme distinto al de otras nacionalidades.

Las primeras semanas, ya internados en los Stalags, campos especiales para los derrotados, fuimos tratados «correctamente», tal como exigían las convenciones internacionales. Los españoles,conocedores ya del régimen concentracionario que nos reservaron los franceses, hicimos una comparación que, en un principio, nos pareció favorable. Trato, alojamiento, alimentación e higiene así lo daban a entender, todo ello favorecido por la organización y disciplina a cargo de oficiales aliados, aunque bajo mando y vigilancia del ejército regular, aleman.

Podría narrar numerosas anécdotas de lo que ocurría en estos campos, pero la más feliz para mí, la que me produjo inmensa alegría, fue encontrarme con dos amigos de nuestro pueblo y que a pesar de los años transcurridos puedo recordar que se trataba de Francisco Lucas y su cuñado Sebastián Forner. Sólo en situación idéntica es posible exteriorizar el contento de estar entre paisanos que han sufrido las mismas vicisitudes.

Estábamos cautivos de nuevo, esta vez en la lejana Alemania en guerra. A partir de entonces seríamos considerados como un simple número, el mío el «Kriegsgefangenen» (prisionero de guerra) 56.262. Nuestra esperanza de que en los Stalags VIII-C y XII-D íbamos a terminar nuestra odisea estaba muy lejos de la realidad. No podíamos imaginar nuestro futuro y trágico destino que, para mis dos buenos camaradas tras horrendas torturas y vejaciones, no fue otro que los crematorios del campo de exterminio de Gusen.

Capturados por el ejército germano, precisamente en visperas de las fiestas de San Juan y San Pedro de nuestro amado pueblo, fuimos autorizados a conservar nuestros escasos objetos familiares cuyo mayor tesoro era alguna foto familiar que, al contemplarla elevaba nuestra decaída moral y que la sola visión de nuestros seres queridos intercambiaba nuestros pensamientos.

El nuevo destino, el primer Lager Stalag -el VIII-C- situado en la Alta Silesia, fronterizo con la Polonia ocupada, nos hizo concebir un halo de esperanza a tenor de la corrección que recibíamos, pensando en el peor de los casos que nuestra situación no era tan desesperada después de las últimas vivencias, primero en España y posteriormente en Francia.

¡Qué lejos estábamos de la realidad! Manteníamos nuestro uniforme azul al que se nos agregó los dígitos correspondientes al número de prisionero. A partir de aquí, nuestra presencia física iba a sintetizarse en la numeración asignada en éste y en el terrorífico campo final.

La región de la Alta Silesia, gran productora de patatas y remolacha, precisaba de numerosa mano de obra que supliese a los movilizados para los frentes de combate. Esta ocupacion, no excesivamente agobiante, nos permitía con la tolerancia de nuestros guardianes llenar los macutos de ambos productos que, regresados al campo saciaban nuestros estómagos.

Muchos de mis camaradas internados en el Stalag salieron de él para ser destinados a otros puntos desconocidos. Meses después, el campo de exterminio de Mauthausen se convertiría en el nuevo «hogar» del que sobreviviríamos tan pocos. Personalmente tuve la suerte de permanecer todavía unos meses, concretamente hasta el 26 de noviembre de 1940, comenzando ya a soportar las bajísimas temperaturas propias del lugar, compensado un tanto por el aceptable trato que se nos daba. Emprender una nueva ruta, otro viaje sin fin concreto no nos preocupaba en exceso considerando el comportamiento que estábamos recibiendo de los alemanes.

Limpios, correctamente vestidos, fuimos trasladados en camiones desde nuestro actual campo hasta la estación de ferrocarril de Sagan. Cuál sería nuestra sorpresa al ser «invitados» a subir a un tren de pasajeros, cosa inimaginable para quienes, hasta entonces, todo desplazamiento se había realizado en vagones de mercancías.

Ignorantes de la geografía del territorio en que nos hallábamos, sólo percibiendo la rotación solar comprendimos que íbamos en dirección a occidente. Una momentánea ilusión nos hizo imaginar que regresábamos a nuestro punto de procedencia, Francia. La ruta no era errónea según nos dimos cuenta tras dos días ininterrumpidos de tren hasta llegar al nuevo destino. No era territorio galo, pero estábamos cerca de su frontera.

Un nuevo campo nos abrió sus puertas en la ciudad de Tréves. El Lager Stalag XII-D, idéntico al abandonado un par de días antes, pero de mayores proporciones. Idéntica organización, disciplina pareja y mandos militares de la Wehrmacht eran premisas que apreciamos recién llegados. Al parecer, la finalidad era seleccionar por nacionalidades a los millares de prisioneros para ser destinados a algunos de los numerosos campos con los que contaban los nazis en propio territorio y en la Europa ocupada.

Durante los meses que permanecí en él estuve exento de trabajos en el exterior, dedicándome exclusivamente a la limpieza de los barracones o al kommando de cocina cuya tarea era pelar patatas nabos, elementos del «rancho» diario.

Cada semana, procedentes de Francia llegaban trenes repletos de prisioneros, entre ellos grupos de españoles. A partir de entonces, las autoridades del campo procedieron al reagrupamiento de los republicanos hispanos. El 21 de enero de 1941 se formó un gran contingente de conciudadanos para efectuar un nuevo transporte con destino ignorado.

Acostumbrados a los continuos traslados, conformados con la situación y respaldados por la desenvoltura que caracteriza a los españoles en casos difíciles, asumiamos las decisiones, siempre imprevisibles de los nazis, ante las cuales nada podíamos hacer, suponiendo, también esta vez, que precisaban mano de obra para tareas agrícolas o industriales.

Franqueada la puerta, en plena noche, sin atisbos de conocer nuestro nuevo asentamiento, la nutrida guarnición destapó una bestialidad desconocida hasta entonces por quienes habíamos caído en manos del ejército alemán.

En la propia estación de embarque -Tréves-, perdida la cobertura del ejército regular, vimos por primera vez los uniformes grises y negros de los sanguinarios fanáticos de la SS. «Schutz-Staffeln» servicio de protección del partido nazi.

A empujones, culatazos, patadas y gritos fuimos obligados a subir a los vagones de mercancías, los más jóvenes y válidos ayudando a los más débiles. Antes de cerrar escrupulosamente los repletos vagones, fueron arrojados en su interior recipientes, receptores de nuestras necesidades durante un viaje que se prolongó tres días.

Apretujados, un centenar de seres considerados infrahumanos metidos en cada vagón de ganado se las deseaban para conseguir un objetivo imposible, acomodarse. Definir el increíble viaje puede parecer un absurdo dadas las condiciones en que se iba a llevar a cabo.

En plena noche, sin luz, carentes de agua y comida, sin paradas para necesidades fisiológicas, determinantes de convertir el aire en irrespirable, luchando por aplicar la boca en rendijas de las puertas o en las reducidas ventanillas alambradas a la espera de recibir un halo de aire fresco, era toda una odisea. Si bien era intenso el frío en el exterior, muchos de nuestros compañeros perecieron por asfixia, siendo colocados sus cuerpos inertes por nosotros mismos, apilados en un rincón con el deseo de ganar una quimérica mayor «libertad» de movimiento.

Durante el dantesco viaje, en pleno día, el tren efectuaba paradas en vías asentadas en zonas desérticas, descampados desprovistos de toda actividad, reanudando la marcha nocturna para evitar que en sus cruces de estaciones la población pudiese percibir los enloquecidos gritos de los hacinados pidiendo agua. A la llegada al campo de exterminio, morada última hasta nuestra liberación, pudimos comprobar los efectos mortíferos de la despiadada conducta de quienes se consideraban integrantes de una raza superior. Los cuerpos de las víctimas fueron a parar a los hornos crematorios del campo receptor.

Los trenes de la muerte, fueron en parte, un medio que contribuyó al holocausto de seres inocentes cuyo único pecado fue haber luchado por la causa de la libertad. Los tristemente famosos portadores de la calavera uncida al uniforme viajaban con nosotros como escolta aposentados en confortables vagones.

Las frecuentes paradas nocturnas de los trenes, ignorantes de nuestra situación geográfica, nos inducían a pensar si cada una de ellas sería el fin de nuestro martirio. En la última oímos gritos y vociferaciones incomprensibles todavía para nosotros, ¡Raus, raus! (¡fuera!) ¡Schnell, schnell! (¡rápido!) de los SS. abriendo las puertas correderas.

Eran las dos de la madrugada. Ante nuestros atónitos ojos apareció un paisaje cubierto totalmente por una espesa capa de nieve. Jamás había contemplado tal blancura y belleza, blanco nítido que prontamente quedó enrojecido por el efecto de los culatazos y los ataques de los feroces perros alemanes adiestrados a tal fin. Bajo un frío terrible, atormentados por la sed y el hambre, éramos obligados a saltar de los vagones sin apenas podernos sostener en pie.

A escasos metros, bajo una tenue luz, vimos una pequeña estación, similar a cualquiera de nuestro país. Allí, por vez primera apercibimos un nombre, Mauthausen, denominación del terrible campo nazi de exterminio que quedaría trágicamente grabado en la historia del exilio de los republicanos españoles y en el que miles de compatriotas serían torturados y asesinados, entre ellos varios vinarocenses.

El Sol se extinguió en Mauthausen (Vinarocenses en el infierno nazi) - Francisco Batiste Baila

Inmaculada Montes

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Enamorada de Málaga. Periodista por la Universidad de Málaga. Redactora digital para diferentes medios y revistas. Me encanta el arte, la cultura y el cine. Escribo sobre actualidad y noticias de último hora. Te mantenemos al día.

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