Parte 3 – Camino hacia el Exilio

 Parte 3 – Camino hacia el Exilio

Con la derrota del Ejército Popular Republicano del frente del Este, comienza un nuevo capítulo de la historia para miles de combatientes, ciudadanos, mujeres y niños que, huyendo de los horrores de la guerra y la muerte cotidiana se dirigen hacia la frontera francesa.

Yo, con mi bala todavía en el muslo, emprendí la marcha hacia un destino ignorado, añadiendo al sufrimiento físico la necesidad de hacerlo siguiendo la línea del ferrocarril y por carreteras y caminos abarrotados de fugitivos, muchos de ellos cargados de objetos personales, viéndome en ocasiones precisado a dormir sobre el durísimo y helado suelo o bajo la copa de algún árbol. Las interminables marchas hacia el exilio, con el peso de la derrota sobre las espaldas, fortalecieron, si cabe, mi baja moral a pesar de dejar lo que más amaba en este mundo, mi familia y el país que tanto quería.

En nuestra diáspora pude comprobar que el mundo es un pañuelo. Un vinarocense, Sebastián Tosca, «Cañón», al volante de un camión militar me reconoció en pleno camino y subiéndome en él me condujo hasta el punto de su destino.

Todos los sufrimientos que soportábamos los miles de soldados en fuga, no era nada comparados con el dolor de numerosas familias que habían perdido a uno de los suyos en la fratricida lucha auspiciada por el levantamiento militar contra el gobierno legalmente constituido.

Para nosotros, todos los fugitivos, otro drama, una guerra más larga y cruenta, ya embrionada, iba a comenzar traspasada la frontera de un país que se decía «democrático y amigo». Para mí, cruzar la línea que separa España de Francia fue uno de los momentos mas amargos de mi vida. Era injusto lo que le ocurría al pueblo español después de tres años de lucha por una causa que estimaba justa y ser conducido a campos de concentración, justamente en una nacion que tenía como lema «Liberté, Egalité, Fraternité». Pese a comprender la adopción de medidas especiales no esperábamos una acogida tan poco solidaria según pudimos comprobar tras meses de estancia entre alambradas.

La irregular correspondencia mantenida con mi familia no traslucía la realidad de mi situación, aunque mi hermana Rosita, lectora habitual desde mi paso por los frentes de combate, receló, a través de alguna frase nuestra nueva faceta que ocultó, especialmente a mi madre, eterna sufridora, desde que yo y mi hermano Agustín salimos de nuestro pueblo.

Estos relatos de mi juventud primera, inmerso en una incivil contienda, me hicieron comprender la realidad política. Internado en los primeros campos de concentración me di cuenta de la falsedad e hipocresía de los hombres que nos gobernaban, sabedores más tarde de que el precio pagado, medio millón de víctimas, podía haberse evitado.

Lejos de mi patria jamás me arrepentí de haber luchado por una causa justa pese a los desengaños sufridos. En esa situación acudían a mi mente escenas de lo vivido hasta entonces. Los incesantes bombardeos de Vinarós, los combates en los frentes, hombres heridos, compañeros muertos en una lucha entre hermanos, la visión de un mural de propaganda pegado en las paredes de nuestra población en el que se representaba a una escuadrilla de aviones con el distintivo de la cruz gamada y a una joven madre con su pequeño hijo muerto en brazos. Un texto alusivo decía: «Hoy España, mañana será el mundo». Esta profecía de la propaganda «roja» se convirtió en realidad tan sólo un año más tarde.

El enfrentamiento de las dos Españas, dos banderas de diferente color como enseña, la diferencia de organización y mandos, el comportamiento de las fuerzas navales del Comité de no Intervención aplicando raseros diférentes, tolerantes en el bando nacional y taxativo en el republicano, presagiaban una victoria lenta, pero inevitable de los sublevados.

El enrarecido ambiente a finales de 1938, después de la anexión de Austria por Alemania, hizo que los plenipotenciarios de naciones democráticas cediesen en cada reunión internacional a las exigencias expansionistas de Hitler dando a entender que la amenaza que se cernía sobre la humanidad estaba superada. ¡Hemos salvado la paz! manifestaban Francia y Gran Bretaña tras la entrevista de Munich.

¡Estaban en un error! En España se combatía, se moría en desigual lucha contra una causa que, por afinidades políticas, recibía la formidable ayuda de quienes durante unos años serían los amos de Europa. Las democracias se dieron cuenta demasiado tarde de que la tragedia española era el preludio del infierno que iban a sufrir en su propia carne.

El 1º de Abril de 1939 el cuartel general del Generalísimo emitía el parte del fin de la guerra. Poco después, Francia e Inglaterra, entre otras naciones, reconocían al gobierno de Burgos aduciendo haber obtenido de Franco la garantía de que no habría represalia política.

De 1936 a 1939 transcurrieron los años más dramáticos de nuestra historia contemporánea. Aun hoy, en mi vejez, después de haberlos vivido intensamente me hago la misma pregunta repetida, día a día, durante mi dramático exilio, ¿Por qué?

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Argeles sur Mer – Abril de 1939.
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Pasado tanto tiempo trato de poner en orden mi pensamiento evocando el éxodo, el tropel de mujeres y niños, una masa hambrienta caminando sobre la nieve y la fría lluvia de la Cerdaña.

Por el paso fronterizo del Perthus, junto al amasijo de los no combatientes, cruzaban soldados enfermos, heridos de guerra y, entre estos observé horrorizado a un joven de unos diecisiete años con las dos piernas amputadas transportado en camilla, todo un miserable espectáculo que, para los mejor librados, culminó con el hacinamiento en los campos de concentración entre el desprecio y la compasión de la población gala.

Autorizado en principio el paso de mujeres, niños y ancianos, el 5 de febrero de 1939 se levantan las barreras permitiendo el acceso al ejército vencido. Era el día en el que se alzaba el telón para dar comienzo,a un trágico periplo en la vida de muchos de los 500.000 componentes del mayor exilio de nuestra historia.

Soldados sucios, barbudos, abatidos por la derrota, civiles que deciden seguir el mismo camino, forman una interminable riada, desconocedores todos de lo que les iba a deparar el destino. En sus ojos, con la mirada vuelta hacia atrás un triste destello patentizaba su estado de ánimo. No sabían cuando volverían a cruzar en su retorno los montes Pirineos que dejaban a sus espaldas.

Desposeídos de sus armas, amontonadas en los puestos de aduanas, junto a ellos entra en Francia un contingente de prisioneros franquistas que no son internados sino devueltos a la Cataluña ya ocupada.

Privado más de una semana nuestro paso, los heridos, excepto los más graves, no recibimos atención médica alguna, viéndome en mi caso, obligado a marchar penosamente, ayudado por compañeros solidarios hasta el campo de concentracion asignado en las playas del Mediterráneo sitas en el departamento de los Pirineos Orientales. Argelés sur Mer, Saint Cyprien y Le Barcarés formaban el conjunto de los campos franceses de la Vergüenza, distantes entre sí unos treinta kilómetros, hoy convertidos en excelentes complejos turísticos y reputados balnearios.

Escoltados por gendarmes y senegaleses, sin conmiseración por su parte visto el estado de los heridos, ingresamos en Argelés, «albergue» obligado hasta que debido a mi herida preciso ser trasladado en ambulancia al paquebote de la compañía de navegación Paquet «Marechal Lyautey» que, junto al «Asni», anclados a una milla fuera de bocas del puerto de Port-Vendres, se habían convertido en hospitales flotantes.

El servicio sanitario en ambos buques es mantenido por médicos y cirujanos jóvenes, muchos de ellos estudiantes, futuros especialistas que encuentran a mano campo abonado para comprobar los destrozos sobre el cuerpo humano por las diferentes armas de guerra.

La acuciante necesidad de admitir más heridos hizo que se me diese el alta sin siquiera haberme extraído la bala alojada en mi muslo a la espera de mejor ocasion, que no llegó a producirse. El cambio de campos franceses y el infierno de Mauthausen durante cinco años, han permitido que hoy siga siendo un aditivo más de mi anatomía.

Sin haber deteriorado ningún punto vital, ante la carencia de la más mínima molestia decidí mantenerla como un «trofeo de guerra».

Tras pasar semanas de hambre y miserias, los guisos a bordo basados principalmente en lentejas, me parecían un auténtico festín.

Tras las calamidades sufridas en los frentes de combate y tumbados sobre la arena de las playas, dormir en una cama, exentos de nieves, lluvias, fríos y vientos, fue para todos casi una salvación, no exclusivamente física sino también moral.

Las relaciones con la tripulación fueron cordiales desde el primer momento. Rudos trabajadores de la mar, estaban más sensibilizados por nuestra lucha mantenida durante casi tres años. Ellos, a escondidas, nos daban algún alimento de más y golosinas que, dado el tiempo transcurrido, habían quedado en el olvido.

Consolidada la herida ya nos esperaban de nuevo sobre el muelle los gendarmes que, esta vez, con camiones nos retornarían al campo de Argelés sur Mer.

A partir de entonces se iniciaba una vida sobre una playa poco común, contaminada y carente de barracas donde cobijarse. Durante dos interminables meses, privados de ellas tuvimos que defendernos con nuestros propios medios para vencer y sobrevivir al duro y glacial invierno pirenaico, puesta la mirada en los montes que nos separaban de nuestro amado país, obligados para mantener una mínima higiene a remojarnos en las gélidas aguas del Mediterráneo. Era un detalle más de la etapa apocalíptica del universo de los campos franceses.

Muchos de los nuestros fallecieron internados en una nación catalogada de democrática a causa de privaciones y malos tratos. Aun así, la Historia jamás podrá equipararlas a las atrocidades sufridas, al proceder inhumano implantado en los campos de exterminio hitlerianos.

¿Cómo resguardarse durante dos interminables meses de la durísima inclemencia que se abatía sobre nosotros? Cada cual se las tenía que ingeniar a su manera, bien en plan individual, u organizándose en grupos familiares, o de afinidades políticas para mitigar el invierno en el que nos veíamos atrapados.

Con lo que teníamos a mano, nuestras mantas de campaña, trapos y cañas que los guardias senegaleses nos pasaban a traves de las alambradas, montamos unos «albergues» que nos iban a cobijar durante bastante tiempo.

¡Una inmensa ciudad de chabolas había nacido vertiginosamente! Dos kilómetros de playa de fina arena rodeada al norte, este y oeste por alambradas y el inmenso Mediterráneo como salida, vigilados por gendarmes, senegaleses y soldados spahis a caballo que nos anunciaban haber llegado a nuestro «centro de albergue» nos daba a entender la realidad de nuestra situación.

Cruzando la apacible y bonita población rosellonesa de Argelés sur Mer de unos cinco o seis mil habitantes por entonces, sus moradores contemplaban nuestro paso, lejos de imaginar, pese a su asombro, que su hermosa playa iba a convertirse en una gran ciudad fantasma, cosmopolita, compuesta de más de 90.000 «nómadas».

Incapaz de aglutinar la inmensa diáspora del derrotado ejército republicano y fugitivos de la guerra, el gobierno galo se vio precisado a instalar dos nuevos grandes campos, Le Barcarés y Saint Cyprién, ambos al lado del mar a los que más tarde acompañaron otros de menor envergadura como los de Agde, Gours-Le Vernet y Setfonds. Todos ellos, además del fin al que estaban destinados, durante la ocupación de Francia por los alemanes y por gestiones del colaboracionista gobierno del mariscal Petain, daban acogida a judíos, antifascistas y oponentes que se hallaban en la Francia libre. Argelés sur Mer era el primer eslabón de la cadena que, ya iniciada la gran conflagración, iba a arrastrarnos a miles de nosotros hasta los campos de exterminio nazis.

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Argeles sur Mer – Febrero de 1939.

Para nuestro «alojamiento» en el Mediodía francés dimos manos a la obra, tras algunas disputas por elegir el lugar idóneo para excavar lo más alejado del linde marítimo, rehuyendo la humedad, una zanja de 60 o 70 centímetros para montar improvisadas chabolas que, a tenor del clásico humor de los españoles, siempre perenne sea cual sea la situación, las denominamos «conejeras» aunque más semejaban guaridas de topos.

La situación alimenticia, cubierta en un principio por los abarrotados camiones de la intendencia republicana cargados de lentejas, garbanzos, conservas y carne vacuna, repartido de forma equitativa por nuestros oficiales, se agravó progresivamente unido al serio problema de la escasez de agua potable, deficiencia ésta que intentamos superar cavando pozos a distancia de la costa para conseguir el elemento líquido, acción fallida al aflorar agua totalmente salitrosa. Hacer el café con ella equivalía, en ocasiones, a tener diarreas de consideración.

El caos era tremendo, eliminar los diversos parásitos que nos invadían era, dadas las circunstancias imperantes, tarea imposible. Los característicos piojos de las trincheras campaban a la sazón a sus anchas. Heridos por doquier, enfermos y el cercano Canigó, coronado por la nieve y la omnipresente tramontana invernal constituían un cuadro realmente apocalíptico que precisaría de muchas páginas para describirlo en toda su crudeza.

Para las perentorias necesidades fisiológicas nos valíamos de unas zanjas y hoyos receptores cavados próximos a la orilla y que la mar agitada del golfo de León se encargaba de limpiar. Al lugar accedían todos los «huéspedes» del campo, no permitiendo en algunos casos llegar a tiempo al lugar de alivio a los atacados de disentería.

A pesar de estar ansiosos del sol que mitigase nuestro frío, en ocasiones deseábamos un temporal de levante que eliminase los excrementos. Según dirección del viento reinante, las chabolas más próximas estaban, sobradamente, perfumadas día y noche.

Se daban escenas grotescas y jocosas a la vez. Algún que otro trasero al descubierto, papeles higiénicos al uso que una vez cumplida su mision y por efecto del viento volaban al lugar de los cocineros circunstanciales que se ufanaban en impedir su intromisión en el guiso de legumbres, arroz o patatas. A tal fin, tomándolo con buen humor, se montaba una guardia en el entorno del fuego.

Durante el inhóspito invierno de 1939, resultando insuficiente el calor de los hogares con el aporte de leña llevado a cabo por los senegaleses a cambio de billetes del gobierno republicano, en su mayoría carentes de valor finalizada nuestra incivil contienda, corríamos dando vueltas a un recinto al que denominamos como «Hipódromo» o «Picadero» todo cuanto nos permitía nuestro estado físico.

Sujetos a vigilancia militar constante y severa, correspondencia censurada y registro de toda persona autorizada a visitarnos, la conducta del gobierno del frente popular francés fue repugnante e indigna. Unida al trato conferido tras las alambradas, al desprecio verbal de una buena parte de la población gala, se unía la campaña orquestada por la prensa de derechas francesa en la que se consideraba a los «rojos» españoles poco menos que auténticos diablos. No pasábamos de ser unos indeseables merecedores de una vigilancia extrema.

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Spahis árabes de los campos de concentración franceses.

La presencia de tropas coloniales sin conmiseración hacia nosotros aumentaba considerablemente nuestro malestar. Encargar mayormente la vigilancia a los senegaleses evidenciaba la pérfida intención de los gobernantes galos. Muchos de nuestros guardianes veían llegada la ocasión de demostrar su odio hacia los blancos, de resarcirse del complejo de inferioridad adquirido durante el período de colonización. Se les presentaba el bello momento para imponer sus dictados a una raza que se creía superior; de ahí los numerosos actos de violencia entre buen número de ellos y nosotros.

Los campos de concentración que durante casi tres meses no podían considerarse más que playas-basureros, se van convirtiendo en campos naturales. El desorden, la desorganización imperante hasta entonces se va transformando radicalmente. El mando francés no tuvo problemas para hallar entre el ingente colectivo personal capacitado para construir barracas, sustitutas de las precarias chabolas en las que, hasta entonces y de cualquier manera nos habíamos protegido de la cruda meteorología, aunque es cierto que muchos de ellos se negaron a colaborar en el montaje de su propia prisión.

El coraje, buen humor y la moral de los refugiados aumento con tal medida, así como su resistencia física. Semejando el campo una gran ciudad, en ella se abren tiendas, barberías, zapaterías, centros culturales y de enseñanza, artísticos y se ofrecen conciertos musicales en festivos por formidables bandas, hasta entonces militares, entre cuyo repertorio destacan nuestros pasodobles para gozo nuestro y que despiertan la admiración de los oyentes franceses.

Sería injusto ocultar que entre la inmensa y variopinta población de Argelés sur Mer también convivían gentes indeseables y sin escrupulos, sin ideología y que, teniendo como bandera su propio interés, fomentaron, desde los bajos fondos de Barcelona y otras grandes ciudades el que el éxodo fuese una realidad con tal de seguir explotando la miseria de los demás.

Bautizamos calles, definimos zonas en las que no podía faltar un recinto especial, ¡el barrio chino! Idéntico al de las grandes urbes españolas, en él se montan lugares de distracción, juegos y vicios en el que aparecen de forma súbita los «estraperlistas», definición aplicada más tarde en nuestro pais, haciendo su propio negocio, cobrando con nuestros billetes republicanos que, salvo algunas series, perderían posteriormente su valor.

En este especial mercado no faltaban objetos personales, joyas, relojes, prendas de vestir o tabaco, producto escasísimo éste y obsesión entre fumadores empedernidos, entre los que no me contaba.

Transcurrido un tiempo fueron autorizadas las visitas de familiares y amigos, así como la intervención de organizaciones caritativas del pueblo francés que, además de atenuar el hambre y la miseria propiciaba, lejos de su intención, que la desigualdad y el favoritismo beneficiasen al indigno negocio de los estraperlistas.

Salir del campo durante los primeros meses de internamiento no era tarea fácil. Algunos refugiados con familiares residentes en Francia podían obtener un contrato de trabajo. Por parte de las autoridades galas, bien secundadas por la propaganda franquista, se emitía por los altavoces el eslogan de: ¡España os necesita!, seguramente con la intención de vaciar los campos de parte española, de convertirnos en «huéspedes» de alguno de los campos instalados en la posguerra a lo amplio de la geografía hispana.

Entre la propuesta francesa de retornar a nuestra Patria o ingresar en la Legión Extranjera, las pésimas condiciones imperantes influyeron decisivamente para que miles de nuestros compatriotas regresaran al amado país que se habían visto obligados a abandonar, aunque es bien cierto que muchos de ellos, vislumbrando la cercana gran conflagración armada, deseosos de seguir su lucha antifascista, pasaron a engrosar las filas de la Legión repartida entre Indochina y el norte de África.

¿Emigrar a otra nación? Hacerlo hacia la América Latina, objetivo deseado, era muy difícil dada la escasez de los contingentes admitidos. Méjico, el país más solidario abrió las puertas a quienes perdieron la guerra y hacia allá, desde Marsella y Burdeos, partieron, entre otros, científicos, médicos, escritores, intelectuales, en suma, la élite de la República Española que decidió no quedarse en Francia. La próspera Argentina dio preferencia a los vascos aunque también a ella arribaron muchos de los grandes hombres de los que la República era pródiga.

La Unión Soviética seleccionó, finiquita la contienda, a políticos y mandos militares que fueron principales protagonistas de nuestro fratricida enfrentamiento.


No puedo obviar el que durante el tiempo que permanecimos en los campos de concentración franceses existió un régimen de castigo que coadyudó al sufrimiento de los involucrados. Fue un acto más de la vergonzosa conducta de Francia para con los vencidos. Asi pude comprobarlo durante mi estancia en Argelés sur Mer.

En las mazmorras construidas al efecto en una parcela de playa rodeada de espesas alambradas y especial vigilancia, eran recluidos quienes, según nuestros guardianes no mantenían un buen comportamiento y, sobremanera, cuantos intentaban evadirse.

El detenido debía permanecer en pie con las manos atadas a la espalda un determinado número de horas sin importar las inclemencias y el tiempo que estaba sin comer. Las consideradas mazmorras a cielo abierto, daban cabida a quienes con la cabeza rapada, desprovistos de sus cinturones, sin cordones en sus zapatos y arrancados sus botones eran obligados a dar vueltas a ritmo acelerado sobre la blanca arena un tiempo acorde con el humor del guardia móvil ordenante.

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Gendarmes franceses ofrecen víveres a los refugiados españoles en Francia.

Para dormir, una chabola de uralita de tres metros de largo, dos de ancho y uno de altura, una ratonera que obligaba a entrar agachado, daba cobijo a más de veinte hombres que, tendidos sin más colchón que la arena, intentaban resarcirse físicamente del castigo sufrido. Fueron unos deleznables hechos que jamás podrán ignorarse, sólo superados un año más tarde en el infierno de Mauthausen.

Reconozco que durante unos días estuve tentado de retornar a mi patria y que llegué a recibir avales de mi pueblo, pero mi hermana Rosita, teniendo en cuenta la ebullición y algunos comportamientos no muy ortodoxos de los vencedores, me hizo llegar un telegrama cuyo contenido, a su modo, me hizo desistir de tal intención.

Pese a los años transcurridos recuerdo que fueron miles quienes optaron por cruzar de nuevo la frontera, esta vez en sentido opuesto al del exodo. La sostenida propaganda radiofónica de la que descollaba el eslogan que ya tengo expuesto, dio paso al reparto masivo de panfletos impresos dignos de evocar aun con algún posible error:

«En estos momentos críticos para Europa, España se dirige a sus hijos y les invita a volver al suelo patrio». «Nuestra nación, regida por el Glorioso Caudillo Franco está abierta a todos los españoles». «Todos saben, incluso por informes de los suyos, como se administra la justicia de Franco, con benevolencia y escrupulosa apreciación. Volved, pues, a la España, Una Grande y Libre que os espera». «Cuando la guerra os deja huérfanos en tierras extranjeras vuestra patria os llama. ¡Viva Franco! ¡Arriba España!»

Sin duda alguna, la pertinaz propaganda escrita y unas condiciones mediáticas verdaderamente inhumanas, unido al deseo de abrazar a sus seres queridos hizo su efecto sobre gente desmoralizada, contando, además, con el apoyo de las autoridades francesas para librarse del agobio al que la situación les había conducido.

La masificación en los dos grandes campos de Argelés sur Mer y Saint Cyprién -unos 180.000 internados- obligó a construir otro cercano a ellos, el de Barcarés, éste ya dotado de barracones para admitir un máximo de 50.000 refugiados, pero que en realidad superó los 70.OOO.

Se crean por entonces los más concisos campos de Agde-Bram y Septfonds a los que son transportados contingentes procedentes de los mayores centros concentracionarios.

Después de cinco meses en Argelés fui trasladado al campo de Agde situado en la pequeña población del mismo nombre, muy cercana a Séte. A la llegada acude a mi mente el recuerdo de que su puerto fluvial fue receptor durante toda la Primera Guerra Mundial de numerosos laúdes vinarocenses que, repletos de bocoyes de vino y sacos de arroz zarpaban de nuestro puerto y se adentraban en el Golfo de León, tras navegar pegados a la costa, con la permisibilidad meteorológica para soslayar la ya entonces despiadada acción de los sumergibles alemanes. Mi padre, partícipe en este ir y venir al mando del laud de nuestra matrícula «Manuel Segundo», me había explicado el evento durante las singladuras compartidas a bordo del «María Rosa».

La más que milenaria población entonces nominada Cette y a partir de 1920 Séte, era durante mi estancia en Agde, junto a Montpellier, residencia de dos primos y dos primas hermanas nuestros por parte de mi madre, los Baila.

A partir de entonces mi condición de internado mejoró ostensiblemente. Más tolerancia y comodidad unido a las visitas de mis familiares y la autorización para salir del campo unas horas para pasarlas con ellos moral y físicamente.

En el campo de Agde, mejor estructurado y con un sistema sanitario apreciable, contraje pese a ello, un fuerte paludismo que me fue posible superar a base de quinina. ¿Secuelas del frente del Ebro? ¿Resultado de las inhumanas condiciones soportadas en el gran campo por el que había pasado?

En el mismo Agde, en el barracón asignado tuve la alegría de encontrarme con mi paisano Joaquín Miralles Catalá «Camos» quien durante mi período de postración, atacado por la fiebre, estuvo pendiente de mí. Jamás olvidaré su solidaridad, su comportamiento, su control de las tomas del alcaloide vegetal que iba a remediarme. Mi agradecimiento por su conducta permanecerá inalterable de por vida.

El campo de Agde, mi segunda «residencia» en territorio francés fue también conocido por el campo de los catalanes, definición acertada puesto que la casi totalidad de sus siete u ocho mil internados eran oriundos de las provincias limítrofes con los Pirineos Orientales.

Aun así, pese a las manifiestas mejoras no dejaba de ser uno más de los campos modelos de la «democrática» Francia, sintetizado en las espesas alambradas y la estrecha vigilancia, mescolanza de soldados regulares, africanos, guardias móviles y gendarmería.

Su mejorada nomenclatura era favorecida por su menor contenido de exilados. Organización, sistema de vida, trabajos de limpieza, sanidad y cocinas a cargo de los propios internados, todo ello bien controlado, redundó en una mejoría evidente, un notable paso hacia adelante a tenor de lo sufrido hasta entonces.

Bajo la responsabilidad de un mando de nuestro ejército, a blok le cupo la suerte de estar bajo las órdenes del oficial Ricardo, hijo del mismo Presidente de la República Española, D. Niceto Alcalá Zamora.

Gozante del privilegio de salir del campo a tenor de su categoría, no quiso dejar de ser un paria como todos nosotros. Mantuvo hasta el fin su promesa de no traspasar la puerta de salida hasta que el último español fuese un hombre libre, acaecimiento que me place exponer con 59 años más sobre mis espaldas, dada la calidad humana del protagonista.

Antes de abandonar los campos de concentración franceses aludiré a un lugar de castigo donde se puso de manifiesto, una vez más, la denigrante conducta de las autoridades de un país al que nos vimos obligados a emigrar y que durante los años de nuestra contienda civil dio a entender que simpatizaba con la causa que defendíamos.

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Fortaleza de Collioure.

En el pequeño poblado de Collioure, próximo al inmenso campo de concentración de Argelés sur Mer, se halla la fortaleza del mismo nombre de ingrato recuerdo para muchos de los españoles que por ella pasaron.

Collioure, joya de la costa catalana francesa, lugar donde los grandes pintores, Picasso, Matisse, Derain y muchos otros, se daban cita para plasmar en sus lienzos la belleza de su entorno, tuvo una significación distinta para los numerosos refugiados españoles forzados a su «albergue». Mencionar su nombre es todavía hoy, más de medio siglo después, evocar el tristemente famoso castillo que perpetúa la memoria del ilustre exiliado español Antonio Machado.

Durante los primeros meses del éxodo, el fuerte sirvió de refugio para pequeños grupos de compatriotas entre los que se encontraba nuestro insigne poeta. Internado en él, a sus 64 años, nuestro gran hombre, miembro de la Hispanic Society of America y de la Real Academia Española, con la salud quebrantada, avejentado en grado sumo, desoyendo los consejos de su médico que le indicaba permaneciese en España, emprendió la marcha hacia el exilio acompañado de su anciana madre.

Desconocernos el trato que se le dispensó en el interior de la inmensa mole; lo cierto es que el universal poeta sólo sobrevivió unos diez días a los últimos republicanos que cruzamos la frontera. Quizás el contemplar por sus propios ojos la inhumana conducta de un país tachado de democrático con los españoles, a su querido pueblo como solía decir, vernos despreciados, arrojados en las arenas de las playas, desatendidos, precipitó el momento de su muerte ocurrida el 22 de febrero de 1939.

Tres días tardó su madre en seguir el mismo destino, yaciendo arribos en el pequeño cementerio de la población de la C6te Vermeille. En su tumba, la más visitada, jamás faltan flores de quienes sienten admiración por la obra del considerado mejor poeta español del siglo XX.

El castillo de Collioure se convirtió poco después en uno de los Peores centros de represión para aquellos refugiados considerados indisciplin,ados y subversivos. Los conducidos allí ignoraban siempre las razones del incalificable atropello del que eran víctimas.

En los campos, quienes obstaculizaran con su propaganda el reclutamiento en la Legión Extranjera, los Batallones de Marcha o las Compañías de Trabajadores o los que simplemente reclamaran mejoras en las condiciones higiénicas y alimenticias imperantes, estaban clasificados como políticos peligrosos.

Con la declaración de la Segunda Guerra Mundial y el pacto Germano-Soviético, los dirigentes de los campos tuvieron pretexto para reprimir con mayor dureza a quienes no querían alistarse en la Legión o en las C.T.M. (Compañías de Trabajadores Militares). Transferidos a la fortaleza de Collioure, sin explicaciones ni cargo declarado alguno, en su interior sufrieron todo tipo de castigos y humillaciones que no traslucieron hasta contactar con quienes las soportaron.

Tratados exactamente como los delincuentes comunes, flagrante violación de los derechos humanos, las autoridades no eran ignorantes de cuanto sucedía. Simplemente ponían en marcha sus sentimientos hacia nosotros que variaron tardíamente cuando las divisiones blindadas nazis eran dueñas de su territorio.

Resignados a todo, procuramos organizarnos para afrontar las duras condiciones a que estábamos sometidos a partir del mismo momento en que cruzamos la línea fronteriza.

El Sol se extinguió en Mauthausen (Vinarocenses en el infierno nazi) - Francisco Batiste Baila

Inmaculada Montes

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Enamorada de Málaga. Periodista por la Universidad de Málaga. Redactora digital para diferentes medios y revistas. Me encanta el arte, la cultura y el cine. Escribo sobre actualidad y noticias de último hora. Te mantenemos al día.

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