Parte 2 – Julio de 1936

 Parte 2 – Julio de 1936

El día 17 de julio de 1936, procedentes de Vinaròs con cargamento de algarrobas, bodega llena, cubertada hasta las faroleras, llegamos al puerto de Barcelona.

El muelle de Máquinas, punto asignado para la descarga situado entre el de España y el de Barcelona, era la zona donde operaban todos los veleros de tipo mediano, conocido como el moll de les garrofes.

Desde el «María Rosa» observamos una gran agitación, un ambiente inhabitual en el inmenso puerto barcelonés. Después de varios días incomunicados en alta mar, desconocíamos los graves acontecimientos que se preparaban en nuestro país.

El día 18 de julio no tenía lugar ninguna actividad portuaria. Varios pailebotes estábamos a la espera de descarga y carga, así como grandes buques atracados en los muelles colindantes. Desde el día anterior se sabía ya que las fuerzas del ejército español en Marruecos se habían alzado en armas contra la legalidad republicana y que iba a extenderse a toda la geografía española.

Ya Barcelona, todavía no sublevada, comenzó con exultante rapidez a levantar barricadas en el sector del puerto en que nos hallábamos dada la proximidad de la Capitanía General donde estaba situado el mando del general Goded y un poco más lejos, el cuartel de Atarazanas, circunstancias que hacía presagiar próximos combates.

Éramos testigos y a la vez partícipes en levantar barricadas con todo el material disponible. El buque mixto -carga y pasaje- «Ciudad de Barcelona» amarrado muy cerca de nosotros, vació su cargamento de madera y pesadas bobinas de papel que, en unión de los adoquines alzados y hasta sacos llenos de algarrobas, eran los elementos fundamentales de los parapetos de defensa.

El día 19 de julio un nutrido tiroteo nos despertó a las cinco de la madrugada. ¡La sublevación era una realidad! Las guarniciones de otros cuarteles de Barcelona levantados se rindieron rápidamente y piezas de artillería recuperadas fueron emplazadas cerca del muelle apuntando a la Capitanía General, último foco de resistencia. En aquellos momentos, guardias de asalto y milicianos nos advirtieron de que debíamos permanecer en el barco.

El general Goded y todos sus acompañantes, resistieron durante muchas horas al asedio a que estaban sometidos, pero el eficaz fuego de la artillería acabó con su intento. El día 20 de julio, rendido el último reducto, Barcelona quedó en manos de las fuerzas republicanas.

Dominada la rebelión, quedaron en la Ciudad Condal focos aislados de resistencia en edificios estratégicos y durante una semana fue aventurado adentrarse en algunas calles por los disparos aislados, los «pacos», desde las ventanas, obra de los emboscados.

A bordo nos arreglamos según la situación, siendo nuestra única actividad la limpieza de la nave. Nuestro cargamento podía esperar a ser librado, no así para otros buques que transportaban frutas y hortalizas, especialmente un ferry procedente de Canarias con carga completa de plátanos. Cercanos a él no nos faltó el aprovisionamiento de tan suculenta fruta.

La situación, todo el proceso revolucionario de aquellos momentos era ciertamente preocupante y plagada de peligros. Al problema de abastecimiento se unían los deseos de aligerar el buque y zarpar de nuevo. Hasta tres semanas después, carentes de noticias de nuestras familias, no nos hicimos a la mar en lastre rumbo a Vinaròs.

Todo parecía irreal; los servicios oficiales dejaron de existir, empresas, trabajos portuarios, toda la actividad fue colectivizada y dirigida por los comités revolucionarios, mayormente por gente que desconocían la materia. Barcelona entera se guió, a partir de entonces, por este sistema y hasta el propio gobierno de la Generalitat se vio impotente para controlar la situación quedando sometida a las fuerzas de la C.N.T. y la F.A.I.

Se establerion comedores públicos y cocinas callejeras para el reparto de alimentos que escaseaban. El dinero en circulación perdió todo su valor y para el avituallamiento del barco teníamos que conseguir vales o bonos de diferentes colectividades después de un severo control sobre su destino.

Para mí, ayudado por mi padre y el resto de la tripulación, todo ello resultaba un problema al tener que aprovisionarnos en una gran cooperativa instalada en el parque de Montjuïch bastante lejana de nuestro punto de atraque. El paso obligado por la ya sumisa Capitanía General no ofrecía peligro, asi como por las Atarazanas, pero sí estábamos expuestos a los disparos aislados de algún francotirador de los alrededores del Paralelo.

En el sector marítimo había gran agitación y se requisaba todo buque apto para transportar milicianos hacia un sanguinario y fallido desembarco a la conquista de Mallorca en poder de los insurrectos. El «Ciudad de Barcelona» y un buen número de buques de menor porte fueron los encargados de conducir hasta las playas mallorquinas a los miles de voluntarios bajo el mando del capitán Bayo. Todos los veleros quedamos exentos de tal evento con la prohibición taxativa de salir del puerto.

Cuanto acontecía, contemplar la formación de las columnas de milicianos destinadas a combatir en el frente de Aragón, leer la prensa, los partes de guerra, la incesante propaganda y los primeros bombardeos de la aviación fascista sobre Barcelona dejaron huella en mi juvenil mente, ignorante de lo que la contienda iba a influir en mi destino una vez finalizada ésta.

España estaba ardiendo, se combatía en muchas provincias, pero no imaginábamos que esta sublevación militar tendería a internacionalizarse y serviría de preparación de la Segunda Guerra Mundial para Alemania e Italia.

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Recogida de armas a los milicianos españoles en la frontera francesa.

Habiendo descargado por fin el barco, nos hicimos a la mar en lastre. El «María Rosa», con viento favorable hizo que llegásemos al puerto más ansiado, ¡Vinaròs! A partir de entonces comenzaban los problemas para nosotros. Ignorábamos si sería posible efectuar el tipo de navegación propio de todo velero, sabedores de que estaríamos sujetos a la acción de la flota enemiga.

Los viajes durante los primeros meses de la guerra transcurrieron con normalidad por llevarse a cabo entre Barcelona, Valencia y puertos intermedios, costa leal al gobierno republicano. El mayor peligro para nuestros mercantes entre los que los veleros eran las presas más fáciles y los pesqueros faenando alejados de la costa, procedía de los buques de guerra surtos en la base de Mallorca en poder de los sublevados.

Los novísimos cruceros «Baleares» y «Canarias», veloces y dotados de cuadros profesionales, aparecían como fantasmas para bombardear con su potente artillería las poblaciones peninsulares, apoyados en alguna ocasión, según se supo, por unidades germanas e italianas, encargadas por el Comité Internacional de no Intervención de supervisar el transporte marítimo de la zona leal al gobierno.

Señores de la mar, pese a que la casi totalidad de la armada permanecía anclada en Cartagena, eran una pesadilla para los navegantes, sobremanera de los embarcados en buques con dependencia de los vientos que, en ocasiones, nos obligaban a separarnos de la costa, dificultando el abandono del buque en caso de ser necesario.

Recuerdo perfectamente que durante los viajes que realizamos hasta mediados de 1937, fecha en que dejamos de hacernos a la mar, fuimos testigos de tres sucesos que afectaron nuestra moral. Expresar que no teníamos miedo sería mentir, pero sí puedo decir que éramos algo inconscientes al no apreciar los peligros que podían acecharnos a cada momento.

Una noche, cargados de finas planchas de madera para embalaje con destino a Burriana, luna llena y suave viento en liza, a la altura de cabo Oropesa se nos aparece un submarino que se aproxima a nosotros. Navegábamos con las luces reglamentarias encendidas, sobresaliendo de nuestra borda la cubertada que era muy visible. Nos enfocó con un potente reflector durante unos cinco minutos, desapareciendo seguidamente. Aunque desconocíamos a que bando pertenecía,dimos por bueno que se trataba de una unidad republicana dada su maniobra. El susto de la tripulación fue tremendo.

En otro viaje, viento en popa, arrumbados a Barcelona, frente a Tarragona se nos encalmó el tiempo. Varios veleros a la vista estábamos esperando la aparición del deseado viento. Manolo «el Burxó» y Pepet estaban de guardia -timón y serviola-, Agustín «Golondro», mi padre y yo durmiendo tranquilamente. De repente, dos fuertes cañonazos nos despertaron; a unas dos millas de distancia estaba ardiendo un velero. Se trataba de la goleta de tres palos «Granada» que había seguido nuestro rumbo y que mi padre, buen conocedor a distancia de la silueta de todos los veleros había identificado. Llegados a Barcelona nos confirmaron que, efectivamente, se trataba del velero de trescientas toneladas nominado. Fue un suceso que nos impresionó enormemente.

Los buques mercantes a máquina eran presas fáciles para la aviación y la flota denominada «nacional». Muchos capitanes preferían embarrancar sus naves en la costa para librarse de la agilidad maniobrera de los cruceros gemelos «Baleares» y «Canarias».

En el que creo fue mi último viaje a bordo del «María Rosa», cargados de cemento de Vallcarca para Castellón, navegando con el duro mistral que caracteriza al golfo de San Jorge, ya anochecido, antes de doblar cabo Salou, mi padre optó por arribar a Tarragona. Detrás nuestro, pegado a la costa cuanto le permitía su calado, un mercante cargado de material de guerra fue torpedeado por un submarino enemigo. Tras la tremenda explosíon que percibimos desde a bordo, no se produjo su hundimiento. Su capitán tuvo tiempo de embarrancarlo en la costa, permitiendo la recuperación de su carga y frustrando, en parte, el objetivo del sumergible.

Afortunadamente, estos actos en los que fuimos testigos presenciales sólo afectaron nuestro ánimo e influyeron en gran medida llegada la hora de tomar la decisión de continuar navegando o amarrar definitivamente a puerto, prevaleciendo esta última opción que colmó de felicidad y sosiego a mi querida madre. Había terminado para ella la pesadilla de sabernos en la mar, expuestos a un ataque o a ser aprehendidos por cualquier unidad de los sublevados, tal como sucedió con los tripulantes de algunos pesqueros vinarocenses con el crucero «Baleares».

Ya amarrados permanecí poco tiempo inactivo. De dar bandazos y cabezadas pasé a trabajar en una fábrica local de espumosos como repartidor de sifones y gaseosas para bares y particulares. Se podía decir que estaba en mi «elemento». Permuté el transporte marítimo por el terrestre a «bordo» de una «tartaneta» tirada por un dócil caballo.

Siendo inscrito marítimo pertenecía a la Sociedad Marítima el Progreso con sede en la plaza Primero de Mayo, pudiendo participar en el tráfico mercante portuario. Como quiera que el jornal en este quehacer estaba bien remunerado, llegado el día en que por riguroso turno me tocaba carga o descarga, mi nuevo patrón me daba su autorización.

Por entonces nuestro pueblo estaba sufriendo los efectos de la guerra. La aviación germano-italiana y los cruceros «Baleares» y «Canarias» campaban a sus anchas. Los trimotores y el solitario hidroavión, asiduo visitante, dejaban caer su carga causando varias víctimas. Los cruceros acompañados de algún destructor, con su potente artillería atacaron más de una vez nuestra población que, huyendo del terror se diseminó en casetas de campo o buscó refugio en poblaciones colindantes del interior. Todos los míos, aparte de mi hermano Agustín que se encontraba en el frente de Teruel y yo que permanecía en el pueblo, hallaron acomodo en Valencia.

Siendo joven no estaba iniciado en política, además de no comprender los avatares y mentiras de la sociedad en la que estábamos viviendo. No obstante, los primeros días de la revolución en Barcelona me hicieron discernir de que lado estaba la legalidad.

En el mes de marzo de 1938, rotas las líneas en los frentes de Aragón y Catalunya, pese a los sangrientos contraataques de los republicanos en el Ebro, las fuerzas franquistas avanzan rápidamente hacia el Mediterráneo.

En el pueblo, siguiendo los acontecimientos con angustia o esperanza, según afinidades políticas, se conocía el incontenible empuje de las divisiones victoriosas que iba a conducirles hasta el mar.

Los más jóvenes estábamos día y noche en la cima del campanario. Durante unos días pudimos oír con claridad los disparos de la artillería que, con el tiempo, sonaba con más fuerza y la víspera nocturna de su llegada a Vinarós, los fuegos de combates sostenidos en los montes más cercanos.

Qué hacer, con qué medio y hacia donde huir, era una incógnita. Escapar a pie o con algún vehículo en dirección a San Carlos de la Rápita o Benicarló era exponerse a caer en manos del enemigo. Ante la duda, varias personas decidimos hacerlo por mar.

En la madrugada del 15 de abril de 1938 y a tal efecto, nos dirigimos al puerto tomando cada uno su propia responsabilidad. Allí reinaba una agitación indescriptible. Encontrar una barca con carburante no era tarea fácil. Con un amigo y vecino de la calle San José, Vicente Beltrán «Taí», marinero y motorista y yo como patrón circunstancial, conocedor de la ruta a seguir, organizamos el embarque a bordo del pesquero que, con el transcurso de más de 61 años no me es posible recordar su nombre.

Familias enteras accedieron en el propio puerto; a otras fuimos a buscarlas, manteniéndonos al pairo en la primera «llevatera», recogiéndolas con el bote, labor que nos facilitó una espléndida noche y una mar encalmada. Entre los embarcados de esta forma se encontraba la familia Sospedra cuya hija, Consuelo, se casó con mi hermano Agustín.

Debían ser las dos de la madrugada cuando fuimos los primeros en hacernos a la mar. Desoyendo las indicaciones de los carabineros para que fuéramos hacia Valencia, decidimos arrumbarnos a Barcelona, ruta que ya conocía por haberla llevado a cabo durante el tiempo que, junto a mi padre navegué en el «María Rosa». Jamás hubiese podido imaginar que al perder de vista a mi amado pueblo, se iniciaba para mí un exilio que duraría 28 años.


El ganar aguas hacia el puerto de la Ciudad Condal transcurría con absoluta normalidad, yo a la caña del timón y un marinero profesional atendiendo a nuestros «pasajeros» parecían indicar un feliz viaje.

Al amanecer nos encontrábamos en las Golas del río Ebro, a unas 25 millas del puerto de partida. Un estruendo de motores nos hizo levantar la mirada al cielo. Una formación de siete aviones procedentes de Palma de Mallorca volaba a nuestra altura dirigiéndose hacia la costa. Nos invadió el presagio de que un nuevo drama se cernía sobre nuestro ya castigado pueblo.

No andábamos equivocados. Llegados a Barcelona sobre las cuatro de la tarde nos confirmaron que varias barcas zarpadas unas horas después de nuestra salida habían sido ametralladas por aviones,’ causando numerosas víctimas. Nosotros, más adelantados, nos libramos del ataque, siendo a la vez, la única barca que llegó al puerto catalán.

En una revista de Historia leo el parte oficial de guerra del cuartel general del Generalísimo que, entre otras noticias dice: «La maniobra iniciada al Sur del Ebro en dirección al mar ha tenido un brillante remate alcanzando el Mediterráneo y ocupando Vinaroz, Benicarló, Calig, La Cenia, San Rafael, Ulldecona y Alcanar…»

«Nuestra aviación ametralló a varios barcos que salían del puerto de Vinaroz, obligando a fondear a dos de ellos, huyendo otro hacia San Carlos de la Rápita. Fueron ametralladas algunas lanchas motoras, consiguiendo hundir unas y hacer que embarrancaran otras… Salamanca, 15 de Abril de 1938. Segundo Año Triunfal».

Lo que en circunstancias normales hubiera podido ser un día festivo de Viernes Santo se convirtió en una jornada de luto para muchas familias vinarocenses.

Coincidiendo con nuestra llegada a Barcelona, el gobierno republicano movilizaba las dos últimas quintas, la 39 de Marina y 40 de Tierra. Todos los hombres válidos de 18 a 45 años pasaban en el mes de Mayo de 1938 a encuadrarse en el ejército gubernamental.

Presentado en el cuartel de Atarazanas como perteneciente a la 39 de Marina tuve mi primer contacto con los mandos del centro militar de la capital catalana.


Primer alto en la retirada. Febrero de 1939.

Con otros muchos novatos apenas recibimos instrucción militar, limitada exclusivamente al conocimiento y uso del fusil «Mauser». La batalla del Ebro había concluido y, establecido el frente, se precisaban refuerzos para frenar la esperada ofensiva de los nacionales. El único gran obstáculo que se ofrecía a las fuerzas franquistas era el cruce del caudaloso río.

Sobre camiones y ni tan siquiera vestimenta militar -la recibimos llegados al punto de destino-, unos centenares de reclutas fuimos trasladados a las cercanías de Lérida capital, ya en manos del enemigo. En el sector del río Segre fuimos incorporados al XVIII Cuerpo de Ejército, creo al mando del recién ascendido a general, Modesto, concretamente a la 224 Brigada Mixta de la 60 División de la que ya formaban parte veteranos de infantería de marina.

Inesperadamente, el incontenible avance de los nacionales se paró desde el Segre a toda Cataluña, quizás para dedicar más fuerzas a los frentes de Levante. Durante unos meses los combates en este sector se limitaban entre dos líneas fortificadas o para recuperar alguna cota estratégica. Fue en uno de estos ataques al descubierto donde fui herido por vez primera. Una bala atravesó mi brazo que, sin ser de mucha gravedad, necesitó de un mes de hospitalización en Ripoll.

Sabedor del peligro permanente al que te exponías en primera línea, en aquellos momentos comprendí que decir que no tenías miedo carecía de significado. Seccionada una vena por el balazo perdía mucha sangre. Al no aparecer los camilleros de la compañía tuve que pedirle a un soldado que me aplicase un torniquete para evitar la hemorragia. En aquellos instantes me di cuenta de que el valor del que presumíamos podía desplomarse con facilidad. Perdido el conocimiento por la pérdida de sangre, despertó en el puesto de mando.

Escribiendo a casa desde el hospital, gracias a mi querida hermana Rosita, lectora de la correspondencia, mis padres no sufrieron la angustia de saberme herido.

Tras un mes de baja, concedidos diez días de permiso, no pude disfrutarlos en su compañía al hallarse éstos en la zona de Levante, todavía en poder gubernamental. Repuesto de mi herida, decidí pasarlos en Barcelona, carente de la tranquilidad del apacible pueblo de Ripoll al estar sometida la gran ciudad a continuos bombardeos aéreos. Tanto el puerto como el núcleo urbano sufrían grandes destrozos, la población vivía en permanente alarma, pero aun así, funcionaban espectáculos de todo tipo que, en ocasiones debían interrumpir para acudir al refugio más próximo.

Incorporado de nuevo al frente, la 224 Brigada Mixta ya no se encontraba en el sector leridano. Nuevas necesidades estratégicas la habían destinado a cubrir un sector de la margen izquierda del Ebro comprendido desde Tortosa hasta la desembocadura del río.

El gobierno republicano había aceptado la disposición del Comité de no Intervención exigiendo la retirada de las Brigadas Internacionales por un bando y de la Legión Cóndor y las divisiones italianas por el otro.

A nuestra brigada le cupo relevar a la 11 Brigada del V Cuerpo de Ejército mandado por Enrique Lister, compuesta de mandos y tropa de diferentes nacionalidades, desde rusos y americanos hasta franceses, belgas y otros. Este hecho no fue observado de forma taxativa por los dos bandos según se pudo comprobar durante el resto de la contienda.

Ya en la brigada, el capitán de la compañía me comunicó que, a partir de aquel momento y con cuatro soldados a mi mando, sería el responsable de una pieza de mortero del 51. Me tocaba lucir los galones de cabo.

Volados los puentes sobre el río Ebro, no podía esperarse un inminente ataque enemigo. Nuestra misión se limitaba a grandes rondas en nuestra orilla atrincherada. Salvo alguna escaramuza, lo que sí soportábamos era la propaganda de nuestros adversarios por medio de altavoces anunciándonos que frente a ellos teníamos a tal o cual compañía y que nuestra derrota no tardaría en llegar. Separados por el río, había semanas en las que ni siquiera un tiro de mortero entre los dos bandos alterase la tranquilidad.

Parecía que ambos contendientes habíamos establecido un pacto de no agresión y si en alguna ocasión surgía un tiroteo aislado, se tenía la impresión de que era por decisión unipersonal de algún oficial. En muchos momentos nos permitíamos lavarnos en el río sin que nadie atentara contra nuestras vidas.

Como anécdota puedo señalar que un vinarocense del que omito su nombre, perteneciente a nuestra brigada se pasó a los nacionales. Ignoro como lo hizo, pero la presencia de botes entre los cañaverales me induce a suponer que se valdría de alguno de ellos y que, en varios casos que se dieron, se aplicó el mismo medio.

Aguas abajo de los destruídos puentes de Tortosa, en la más o menos medianía del río, existía un pequeño islote arenoso que estaba en nuestro poder donde la compañía tenía instalado un puesto de ametralladoras, el que cada noche debía ser suministrado de víveres, y especialmente en alguna ocasión, de munición.

El capitán de la compañía sabía que era marinero nacido en las cercanías de nuestro puesto y me convocó, no para darme una orden, sino para proponerme esta misión no exenta de peligro. Acepté y no tardé en encontrar un voluntario que me ayudase en el manejo de la pequeña lancha que, en ocasiones, debía superar las fuertes corrientes del río. Para un único hombre hubiera sido tarea imposible. proposición de tender un cable que uniese orilla e islote no fue tomada en cuenta.

Durante tres meses me convertí en «batelero» del Ebro. Aunque el peligro siempre estaba presente, la labor no me desagradaba. Hacer el corto viaje nocturno y la correspondiente charla con los servidores del puesto nos ocupaba un par de horas y ya de retorno quedábamos libres de servicio.

Hacer el cruce siempre a la misma hora quedaba descartado; nuestra preocupación, aparte constatar la fuerza de la corriente, era aprovechar la máxima obscuridad, tener en cuenta las fases de la luna -salida y puesta- y aprovechar los espesos nubarrones. Según la corriente, precisábamos, más de una vez, remar un tanto río arriba para después derivar a favor de la misma y poder atracar, aunque no siempre en el mismo «desembarcadero».

Durante todo mi tiempo como participante en la con sin lugar a dudas, fue en este sector donde menos peligró mi vida.

Finalizados los terribles y sangrientos combates en la margen derecha del Ebro, estabílizados los frentes en la parte opuesta, solo se mantenía alguna escaramuza de la que, casi siempre, salía beneficiado el bando opositor. Ya establecidas batallas de desgaste, las fuerzas franquistas con la formidable ayuda de la aviación y artillería, tenían una superioridad abrumadora.

La derrota del Ebro, ?la retirada de las valiosas Brigadas, Internacionales hicieron mella en la moral de los Cuerpos del ejército republicano.

El día 23 de diciembre de este año de 1938 se desencadena la gran ofensiva de las fuerzas de Franco para ocupar Cataluña. Roto el frente del Segre se combate desde aquí hasta la frontera, notándose en el sector Tortosa-Amposta un recrudecimiento de tiroteos.

Rotas las defensas de Balaguer, las fuerzas atacantes en su incontenible avance se dirigen hacia la carretera Lérida-Tarragona con el objetivo de copar las divisiones estacionadas en el sur del Ebro.’ Parte del xviii Cuerpo de Ejército entre la que figura nuestra 224 Brigada Mixta es transportada a las líneas entre Balaguer y Borjas Blancas donde se combate duramente con el intento de frenar el avance enemigo. Con el traslado de varias divisiones al frente en ebullición, Tortosa es ocupada sin apenas resistencia.

De nuevo en el frente leridano que habíamos dejado cuatro meses antes y con la moral baja nos sumimos en una imposible resistencia. El ejército enemigo nos desbordaba en todos los sectores.

La ruptura del frente que defendíamos la 224 Brigada Mixta en Balaguer se produjo en vísperas de Navidad. Nos hallábamos en una posición defensiva sobre un pequeño monte no mayor que nuestra ermita, cuando de repente un nutrido fuego de artillería se abatió sobre nosotros. Parapetados lo mejor posible nos dijimos que mientras durase el cañoneo no atacaría la infantería. No fue así, mientras la artillería nos mantenía agachados, los infantes nacionales ascendían el monte portando una bandera.

Este día, junto a otros compañeros, pude ser abatido o hecho prisionero, concepto éste que nos aterraba si era a manos de los moros. Huyendo monte abajo, un cercano oficial de los atacantes, pistola en mano, nos decía a viva voz, «¡Rojillos no os escapéis!» No efectuó un solo disparo, quizás no tenía ninguna duda de que todos íbamos a ser capturados por el ejército vencedor.

El conjunto del ejército republicano estaba ya prácticamente derrotado. La superioridad de material era desproporcionada y nuestro retroceso constante.

Dos días después, en las cercanías de la población de Cervera, fui herido; una bala había penetrado en el muslo de mi pierna derecha. Cada cual trataba de salvarse ante el acoso de los franquistas. Yo, ante la imposibilidad de andar pese a la ayuda de algunos compañeros, opté por tumbarme en el suelo sin tener a la vista ninguna ambulancia.

Algunos de nuestros carros blindados en desbandada pasaban por el estrecho sendero donde yo yacía. Podían evitarme, pero uno de ellos al verme se paró delante de mi cuerpo. Un joven tanquista se me acercó diciéndome que eran asturianos. Con el material sanitario del que disponían me hicieron una rudimentaria cura para frenar la hemorragia.

Observando mi angustiosa mirada me dijeron que en la pequeña tanqueta no había espacio para alojarme, proponiéndome que subiera encima del blindaje. No dudé en aceptar; mi reciente herida, la bala incrustada, me hacía sufrir. Viéndome en tal estado, uno de ellos me hizo ocupar su puesto a cambio del mío.

Este hermoso gesto de solidaridad jamás se borrará de mi mente. Entonce semiconsciente no pude siquiera expresarles mi gratitud por su humano comportamiento, pero hoy desde estas líneas, puedo afirmar que gracias a ellos me libré de desangrarme en el campo de batalla. Hoy, presentes en mi pensamiento, mi mayor deseo es que sobrevivieran a nuestra tragedia, retornando felizmente a sus hogares.

Después de una somera cura en un puesto sanitario, fui transportado a la retaguardia. El carrusel de ambulancias y camiones repletos de heridos con destino a Reus y Tarragona, ciudades a punto de caer en manos enemigas era incesante. Llevado a Barcelona fui ingresado en el hospital de San Pau entre un caos indescriptible.

La derrota total del ejercito republicano era un hecho. A punto de caer Barcelona, mi hermano Agustín conduciendo un camión, enterado de mi estancia en el hospital, vino a buscarme. Llegó tarde; todos los heridos habían sido evacuados hacia Gerona y Figueras. ¡Era falso! El día 26 de enero de 1939, fecha del acaecimiento, todos los heridos permanecíamos en nuestras camas.

Siendo la Ciudad Condal ocupada sin combate alguno, muchos de los heridos menos graves decidimos, por nuestra cuenta, marchar, alcanzar la frontera francesa, huyendo del terror de la guerra

Lejos de imaginar el trágico destino que me esperaba, jamás me arrepentí de haber combatido por una causa que siempre consideré justa.

El Sol se extinguió en Mauthausen (Vinarocenses en el infierno nazi) – Francisco Batiste Baila

Inmaculada Montes

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Enamorada de Málaga. Periodista por la Universidad de Málaga. Redactora digital para diferentes medios y revistas. Me encanta el arte, la cultura y el cine. Escribo sobre actualidad y noticias de último hora. Te mantenemos al día.

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