Parte 10 – Las trampas para eliminar deportados

 Parte 10 – Las trampas para eliminar deportados

La inteligencia innegable de buena parte de la cúpula nazi, se agudizó con fines maléficos a partir de la implantación definitiva del nacional-socialismo.

Nacionalizado alemán, el hasta 1932 ciudadano austríaco Adolf Hitler, procede en 1934 a la eliminación de Ernest Roehm, jefe de las S.A., su potencial enemigo en una operación realizada por los hombres de las SS. conocida como «La noche de los cuchillos largos».

Nombrado el 19 de agosto de 1934 canciller del Tercer Reich, el Führer pone en marcha su mecanismo de exterminio, entra en funcionamiento la formidable máquina que asoló Europa durante unos aflos, dirigida por el Reichführer de las SS., Heinrich Himmler, que se dedica con fervor a la «Solución Final», creando los primeros Lager, campos donde iban a ser a asesinados millones de seres inocentes.

Todo estaba programado en la Alemania nazi. Era impensable el más mínimo fallo.

Existe una cita de Pierre Portail puesta en boca del dictador que define a sus jóvenes y fanáticos seguidores de esta manera: «Una juventud potentemente activa, dominadora, brutal; he ahí lo que yo deseo. Quiero en sus miradas esa chispa de orgullo e independencia que se lee en la mirada de las fieras. No deseo entrenamiento intelectual. El conocimiento es la ruina de mis jóvenes».

Con esta doctrina se iniciaba una nueva era de terror y desolación. Ciertamente, sus acólitos, jóvenes y de más edad, no precisamente nacidos todos en la patria de Goethe, jamás le decepcionaron, cumpliendo con precisión los planes establecidos, quizás con más efectividad y crueldad de la esperada.

Unido al gaseamiento, apaleamientos hasta la muerte, extenuación física por el brutal sistema de trabajo impuesto, hambre, disentería, el habitual tiro en la nuca, exterminaciones masivas por congelación y la mortífera función de las alambradas, se acudíá» artimañas, trampas que, conocidas de antemano por las víctimas elegidas al azar, surtían un efecto demoledor al ser forzados a seguir la orden dada.

Viene a colación referirse a ellas, de las que, además de ser testigos presenciales podíamos engrosar la lista de los infortunados.

La preferida consistía en quitarle gorro o chaqueta a quien tenían más a mano y lanzarlos en terreno prohibido, una franja de unos dos metros de ancho, una especie de «no más land«, línea que bajo ninguna circunstancia debíamos sobrepasar.

Forzados a recuperar la «prenda» eran abatidos sin remision por el centinela situado en lo alto del mirador.

Otra forma dedicada a la caza del hombre sólo se aplicaba durante el cultivo de la fresa en el Tirol y era, asimismo, de una tremenda efectividad.

En una parcela anexa a cuyo lugar se accedía por una portezuela de la alambrada, se conminaba a algún deportado elegido al albedrío, previsto de una cesta a recoger el fruto ya maduro, aplicándosele idéntico sistema al anterior. El tiro al blanco, a la vez de diversion, servía para eliminar a seres de «razas inferiores».

En ambos casos se sabía de antemano el resultado final. Negarse era opositar a ser molido a palos por los kapos y a dejar que los abundantes y feroces perros del campo que se transformaban ante la visión de un hombre vestido a rayas, culminasen la diabólica trama.

Toda acción criminal era ordenada o llevada a cabo por los Waffen SS., dueños absolutos del campo.

Cada vez que ocurría tal trance establecíamos un agravio comparativo con la estricta, pero justa vigilancia y el trato recibido en los Stalags que ya tengo descrito. Nuestro traslado de los campos de la Alta Silesia al que iba a ser nuestro alojamiento, el terrorífico Mauthausen, hasta la liberación, nos dio ocasión de comprobar la efectividad de la Werbungstruppen, fuerzas de intervención SS.

Asombrados por la consideración de la Wehrmacht, lejos del ignominioso comportamiento del gobierno francés de León Blum sobre las arenosas playas del Mediodía, agradecíamos la tolerancia de los vigilantes que nos conducían de los Stalags a los campos de laboreo agrícola y su permisibilidad en el retorno para llenar macutos de productos del tiempo del que formaban parte fruta en fase de maduración, mescolanza que nos servía de suplemento a lo que se nos daba, ciertamente pareo por las circunstancias de una Alemania en guerra.

Fue una época, sin duda, la más suave sufrida en tierras germanas al sernos aplicada taxativamente la Convención sobre prisioneros y favorecidos por la composición de mandos y tropas en su mayoría reservistas, lejos del fanatismo expresado por los jóvenes nazis.

Las Waffen SS., lo que en su origen fue la guardia personal del Führer, se convirtió bajo el mando de Sepp Dietrich, carnicero de profesión, después chófer del dictador, ascendido a general, en un ejercito de élite formado por 40 divisiones, nutriendo ya antes del estallido de la guerra, siendo Reichsführer Heinrich Himmler, los cuadros de quienes protagonizaron la página más sangrienta del holocausto.

Si en un principio para ingresar en él era suficiente pertenecer a la raza aria, durante el transcurso de la contienda dieron entrada a una amalgama de más de 400.000 hombres de muchas otras nacionalidades atraídos por la propaganda de formar una gran legión contra el bolchevismo que era enviada con presteza a los frentes más duros o donde se hundía alguna línea en la Unión Soviética.

Es cierto que los conversos, como sucede en el ámbito mundial, son los más despiadados, sanguinarios y más fieles seguidores que quienes desde un principio han mantenido una idea fija. La pluralidad de sus integrantes y su desprecio hacia sentimientos humanitarios era marufiesta en todas sus acciones, constantes ambas que pudimos valorar negativamente en Mauthausen, Gusen, Ebensee y en todos sus kommandos llevadas a cabo por croatas, rumanos, ucranianos y otros oriundos de la Europa ocupada a quienes considerábamos los mas feroces guardianes.

Se sabía, aunque no exhaustivamente dada nuestra situación, que las divisiones SS. eran, además de excelentes combatientes, el ejército del crimen. Las Totenkopfuerbänden (compañías cabeza de calavera) y las Werbungstruppen se dedicaban entre otras cosas, a operaciones de represión contumaz y a la intimidación de poblaciones indefensas.

Se supo que una de las divisiones de Dietrich, concretamente, la «Das Reich», bajo las órdenes del general Lammerding dio a conocer a todo el mundo una espantosa acción inconcebible por su crueldad.

Siendo manifiesto el declive del Tercer Reich, batidos en todos los frentes, una de sus unidades en movimiento hacia Normandía dejaba a su paso un camino de horror y muerte.

En la ciudad de Tulle, próxima a Toulouse, el sanguinario general que tenía como guía de su indigno comportamiento la cruz gamada, hizo ahorcar en plena calle a 99 civiles inocentes.

El 10 de junio del mismo año sus SS. llevan a cabo el más monstruoso de los crímenes.

En Oradour sur Glane reúne a toda su población en una plaza. Los hombres son llevados a las granjas, ejecutados y quemados. Las mujeres y los niños, encerrados en la iglesia son abatidos a tiros.

En todas las masacres masivas, sin excepción, los ejecutores fueron siempre las SS. realizando sus macabras acciones sin ningun reparo, aduciendo al ser juzgados -una mínima parte- que se limitaban a cumplir órdenes cuando la verdadera realidad es que habían sido forjados para la destruccion y asesinato, misiones que realizaban sin titubear y a la perfección.

Otros casos horribles se llevaron a cabo durante la retirada convergente hacia Alemania por los nazis que daban ya la guerra por perdida.

Uno de ellos lo fue a cargo del comandante Walter Reder, «el Manco», que había perdido un brazo en el frente ruso. Huyendo del enemigo dejaba desolación y muerte por donde pasaba con sus tropas.

Siempre los mismos verdugos. Idénticos SS. que durante muchos años y con semejante doctrina ejecutaron o delegaron en sus kapos para hacer desaparecer de este mundo a millones de seres humanos siguiendo fielmente las directrices del mayor asesino de la Humanidad: «En el trono los señores, los SS., a sus pies los esclavos».

Finalizada la guerra se supo que el general Lammerding murió tranquilamente de vejez en su hogar y sobre su conciencia el asesinato de todos los hombres de Oradour sur Glane, 210 mujeres y 230 niños en la propia casa de Dios.

¿Cuántos lo hicieron en semejantes circunstancias, camuflados en países como España, Portugal, Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia, etc. donde fueron admitidos sin cortapisas?

Todos cuantos fueron partícipes del holocausto se justificaron amparandose en el deber cumplido, expresión falsa en una gran proporción puesto que cuantiosos crímenes se cometieron por propia iniciativa personal.

El Sol se extinguió en Mauthausen (Vinarocenses en el infierno nazi) - Francisco Batiste Baila

Inmaculada Montes

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Enamorada de Málaga. Periodista por la Universidad de Málaga. Redactora digital para diferentes medios y revistas. Me encanta el arte, la cultura y el cine. Escribo sobre actualidad y noticias de último hora. Te mantenemos al día.

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