Parte 1 – Año 1934 a 1939

 Parte 1 – Año 1934 a 1939

Un hecho negativo de nuestro pueblo, más de medio siglo atrás, fue que la situación social, la miseria en muchos hogares, no existir una ley de enseñanza obligatoria para la juventud, las necesidades económicas en muchas familias, obligaba a muchos adolescentes a abandonar su educación, sus estudios primarios y, en muchos casos, principalmente en medios rurales ni tan siquiera poder frecuentar cualquier medio cultural o educativo que le preparase para afrontar su inmediato futuro. El grado de analfabetismo en nuestro país era muy superior a la media de otros europeos.

El año 1934, apenas cumplidos los 15 años, también yo dejé de asistir a las clases diarias del colegio San Sebastián, pero no fue por necesidad ni presionado por mis padres. El sacrificio de éstos bastaba para mantener con holgura a nuestra extensa familia; mi padre en su ruda profesión como patrón de cabotaje y mi madre, prestigiosa e incansable modista metida entre telas, dedal y aguja.

Gracias a ellos, nuestro hogar compuesto por quienes nos dieron vida, cinco hijos y tres venerables ancianos -dos abuelas y Rosa la criada de casa de toda la vida- funcionaba sin carencias y manteniendo la educación primaria de todos sus descendientes.

Voluntariamente, quizás con unos conocimientos limitados, dejé la escuela para dedicarme a mi primera vocación; ser carpintero. Con tal fin inicié mi aprendizaje en el pequeño taller de mi padrino Antonio Vidal, gran persona y hombre de bien para pasar después, con los conocimientos adquiridos, a otro taller de carpintería de marina.

Mi querido padre, empedernido navegante, en sus cortas estancias entre nosotros nos narraba como se desarrolló su juventud a través de muchos mares del hemisferio, sus escalas en los principales puertos de Europa y Sudamérica, alegrías, diversiones, pero también los momentos difíciles soportados, propios de su dura profesión.

Escuchar a mi progenitor se me antojaba un sueño, pero en mi mente juvenil en fase de desarrollo sólo quedaba registrado lo hermoso y positivo de sus pródigas aventuras. Comparándolas con la tranquila y un tanto aburrida vida de nuestro pueblo, deseoso de conocer nuevos lugares, me indujeron a pedirle a mi padre lo que era mi mayor deseo, navegar en su compañía, formar parte de su tripulación, pero su respuesta en principio fue que abandonase esta idea fundamentándola en lo peligrosa y poco retribuida que era la profesión de un simple marinero en un perquño velero de cabotaje.

Mi testarudez -quizás entre los cinco hermanos fuese quien tenía la cabeza más «verde»- se impuso a su deseo de que ninguno de sus tres hijos varones siguiese la vida profesional a la que él y sus antepasados habían preferido.

Por entonces, mi padre, a la vez que medio propietario del pailebote «María Rosa» de noventa toneladas de máxima carga, era su patrón. En una de sus escalas en Vinaròs, cargado de cemento procedente de Vallcarca con destino a Valencia, me dio su autorización de embarque.

El primer día que me hice a la mar comprobé que mi padre no expresaba el mismo descontento que en todas mis anteriores peticiones. Quizás al verme a su lado sentía una alegría interna de que uno de sus hijos siguiese sus pasos y que algún día, conseguido el título de patrón de cabotaje, le relevase en el mando.

Los graves acontecimientos que ocurrieron en nuestro país impidieron que la idea que germinaba en la mente de mi progenitor llegase a buen término, pero años después debió sentirse feliz cuando Sebastián, su hijo menor, logró ser su sucesor.

De mi vida marinera recuerdo con agrado mi primer viaje. A bordo del «María Rosa», entre cuatro tripulantes y su patrón me fue asignada la labor de cocina y baldeo de cubierta entre otros menesteres propios del xiquet de la dotación.

Creo recordar que en mi viaje inicial zarpamos de Vinaròs a finales del mes de junio después de la festividad de San Juan. Con mar abonanzada y vientos suaves del sudoeste -propios del verano- tardamos tres días en recorrer las 72 millas que nos separaban de Valencia.

Las primeras horas de navegación acapararon toda mi atención. La curiosidad de ver izar velas, atar cabos, comprobar como se gobernaba el barco con vientos opuestos, voltejeando, era toda una novedad para mí. Poco duró mi bienestar; la marejada que fue en aumento me ocasionó un terrible mareo obligándome a tumbarme en la litera, lugar que no abandoné hasta el amarre al puerto valenciano. De nada valieron los consejos de mi padre y de los marineros para que dejase la agobiante calor del camarote y comiese algo para resarcir lo vomitado.

Tardé bastante tiempo en combatir el mareo y aunque durante jornadas en las que la mar estaba en calma tenía la sensación de estarlo, mi voluntad fue más fuerte y hacía el trabajo que me correspondía.

Aunque el «María Rosa», navegando con vientos favorables no fuese precisamente una «gacela» de los mares, tampoco era considerado uno de los de más escaso andar, factor determinate llegada la hora de conseguir cargamentos de algarrobas en Vinaròs para Barcelona, cementos y varios desde la ciudad condal para Castellón, Burriana o Valencia y, desde estos puertos, conseguir fletes de cerámica y alguno de fruta -los menos- lo cierto era que pocas veces nos hacíamos a la mar en lastre. En la mayoría de los viajes la carga y descarga la realizaba la propia tripulación lo que permitía aumentar un poco la escasa percepción a la parte. Tras un período de navegación se me concedió la media parte, hecho que me llenó de satisfacción.

Consumir singladuras en verano resultaba agradable haciendo que mi mente juvenil aceptase, día a día, la profesión que había elegido, pero llegó el invierno y con él la cara opuesta. Fuertes temporales de levante que a veces nos sorprendían en plena mar, el terrible mistral del golfo de San Jorge tan temido por los veleros, el frío y la lluvia en tu guardia a la caña del timón, sin puente, abrigados y provistos del inseparable chubasquero, días e interminables noches batidos por mar y viento me dieron a conocer la larga experiencia de mi padre que nos libró de serios problemas. Fue en estos momentos cuando comprendí las razones que esgrimía en casa para hacerme desistir de mis intenciones.

Podría narrar muchos acaecimientos que, hoy en día, me hacen reflexionar como éramos capaces de llevar a cabo aquellos viajes. La historia de la navegación resume la cantidad de naufragios propios de una época en la que darse a la mar a vela era la predominante.

Los dos primeros años de embarcado desarrollaron físicamente mi cuerpo de adolescente. Las horas pasadas en la mar, salvo en casos de tiempo tormentoso, no eran agobiantes. Cargar noventa toneladas de cemento en el puerto de Vallcarca, auténtica «ratonera» construída a pie de fábrica, estibando durante cuatro o cinco horas en bodega sacos con material recién salido de los hornos era un trabajo infernal.

Pese a la dureza de mi profesión jamás me arrepentí del camino tomado, pero sí , muchas veces me dije, «¡Cuánta razón tenía mi padre!». Él como patrón se libraba de estas tareas, pero jamás dudó, de vez en cuando de prestarnos ayuda.

En mi misión como cocinero, precisado a ir de compras o vigilar el cocido de judías o garbanzos, me zafaba de algunas horas del penoso trabajo aunque, eso sí, estaba obligado a madrugar para preparar café y almuerzo que debían tomarse a primera hora, labor de la que era partícipe mi padre en alguna ocasión si la noche anterior me había excedido en los alegres lugares de Barcelona en compañía de los joviales marineros de la tripulación. De vez en cuando iba con mi padre, auténtico cinéfilo, a las salas más próximas al muelle y algún festivo nos permitíamos un suculento festín en un restaurante que rompía la monotonía de las comidas de a bordo.

Fueron pocos los años que compartimos juntos el duro trabajo de la navegación. Aún hoy, después del tiempo transcurrido, al recordarle, la emoción es demasiado intensa para poder seguir escribiendo sobre él…

No sólo yo, sino los cuatro marineros escuchábamos sus consejos. Su trato bondadoso, pero a la vez estricto en la conducta a seguir a bordo era idéntica para todos los embarcados. Doy por seguro que de su extensa vida como patrón de cabotaje, todos los que han estado bajo su mando guardan de él un grato recuerdo.

Observando mis progresivas aptitudes para la vida marinera, preocupado por mi porvenir, no cesaba de aconsejarme que, si pensaba seguir en la profesión elegida, no me conformase en ser un simple componente de la tripulación, centrando mi objetivo en alcanzar el título de patrón de cabotaje, cargo muy respetable en aquella época.

El Sol se extinguió en Mauthausen (Vinarocenses en el infierno nazi) – Francisco Batiste Baila

Inmaculada Montes

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Enamorada de Málaga. Periodista por la Universidad de Málaga. Redactora digital para diferentes medios y revistas. Me encanta el arte, la cultura y el cine. Escribo sobre actualidad y noticias de último hora. Te mantenemos al día.

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