Mujeres en la Guerra Civil : en busca de avales

 Mujeres en la Guerra Civil : en busca de avales

Encarcelados, en la guerra o huidos los adultos varones de muchas familias fueron las mujeres las que se vieron avocadas a mantener a los niños y a los abuelos. Con frecuencia tenían que asistir a los que estaban presos llevándoles comida que, en ocasiones, desviaban de sus casas donde ya de por si había miseria. Sabían que en las cárceles la comida era de pésima calidad y escasa.

Otro aspecto, menos destacado es el papel jugado por las mujeres que buscaban la forma de salvar la vida de sus maridos condenados. Esta era una labor difícil más cuando la mayoría eran analfabetas y moverse entre papeles, solicitudes en oficinas y entre autoridades les causaba terror. Y no era para menos. Francisco Espinosa da a conocer el caso de la hermana de un condenado que pide firmas entre las personas de derechas del pueblo de Zalamea con el fin de conseguir la conmutación de la pena de muerte de su hermano. El fusilamiento de en las tapias del cementerio de Huelva y la detención de la hermana entonces embarazada lógicamente persuadía cualquier intento similar. No obstante las mujeres procuraron recurrir a quienes pudieran solucionar o aliviar la situación de sus hombres. Varios testimonios de la Axarquía nos muestra cómo los alcaldes podían otorgar avales para sacar a los detenidos de los lugares de concentración, como los casos contados por Remedios Jiménez Martín y Francisco Yuste Gómez46. Muchas mujeres se arrodillaron ante las nuevas autoridades, los anteriores patronos o personas consideradas de orden para salvar la vida a sus hombres. Algunos aprovecharon para conseguir sus sirvientas particulares y hasta presionarlas en un terrible chantaje sexual. En Málaga siempre ha circulado el rumor de que el muy homenajeado cónsul italiano en la ciudad, Tranquillo Bianchi, sacó partido a la privilegiada situación que le otorgaba la colaboración de su país a la España franquista y su inestimable participación en la ocupación de Málaga, nunca olvidada por las autoridades del Nuevo Estado. Tranquillo era asiduo visitante de los campos de detención de La Aurora, Torremolinos y Alhaurín el Grande y señalaba para condenar o salvar a los detenidos, que temblaban al verlo, fuera cual fuera finalmente su suerte.

Está por ser estudiada la correspondencia de las autoridades a las que llegaban solicitudes y cartas de mujeres desesperadas por su propia situación de detenidas o interesándose por la de sus madres, hijos o maridos. Estos textos nos descubren situaciones terribles y revelan la naturaleza del régimen. Seguramente consiguieron que alguien les redactara estas cartas que con frecuencia firman temblorosas o con la huella dactilar. Al Gobernador Civil llegaron cartas escritas por las propias presas que aludían a la situación de desamparo de sus hijos; solicitudes hechas por hijas cuyas madres presas y padres huidos mantienen a sus hijos solos o en casas de familiares que no los pueden sacar adelante por falta de medios. María Margüenda Santana exponía que su madre estaba detenida y que sus cuatro hermanos pequeños se encontraban en el más completo abandono y ella misma tampoco podía hacerlo porque tenía dos hijos de corta edad. En el correspondiente informe que elabora el Delegado de Orden Público consta que ambas mujeres tienen buena conducta, que son trabajadoras y que se dedican a tareas domésticas en casas particulares, pero que hay un desertor por medio.

Algunas de estas mujeres ya tenían sentencia absolutoria después de celebrarse Consejos de Guerra, pero quedaban a disposición del Delegado de Orden Público. Así, Francisca Sepúlveda Villanueva escribía desesperada porque su marido Angel Gutiérrez Blanques fue absuelto por el Consejo de Guerra que se le siguió pero sigue preso. En una nota al margen se consigna que fue militante del PCE y que el hecho de que su mujer expusiera que tenían tres hijos menores de edad no era causa para ponerlo en libertad48. Otras mujeres como Encarnación Jiménez Rodríguez, habían sido detenidas por el simple hecho de haber enviado fuera de España a sus hijos. La justicia fue implacable con las que por su edad y por las circunstancias familiares tenían claros impedimentos pero habían tenido simpatías con la República: Rosalía Martín Barba tenía 70 años y un hijo ciego y continuó en la cárcel. En el mismo sentido contestaba el Delegado de Orden Público otra carta: “La avanzada edad de la individua que promueve la instancia aconsejaría acceder a sus deseos pero por tratarse de una roja reconocida de mala conducta, que se alegraba públicamente de los asesinatos cometidos por los marxistas y censuraba la actuación Nacional, el Delegado dice que no procede…”. Las solicitudes se amontonaban: Teresa Alcaraz Díaz demostraba que su madre detenida sufría un estado de salud delicado; María Díaz Díaz tenía 80 años y no se le comprobaban actuaciones políticas, mientras que una larga serie de escritos firmados por mujeres con maridos presos, se acumulaban en la mesa del Gobernador D. Francisco García Alted.

Inmaculada Montes

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Enamorada de Málaga. Periodista por la Universidad de Málaga. Redactora digital para diferentes medios y revistas. Me encanta el arte, la cultura y el cine. Escribo sobre actualidad y noticias de último hora. Te mantenemos al día.

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